2017:

“Londres ha sido objeto de un ataque terrorista en pleno corazón político. Un hombre, que ya ha sido abatido y que ha sido descrito por los testigos como una persona de apariencia asiática y con unos 40 años de edad, arrolló con un 4×4 a los viandantes que se encontraban en ese momento en el puente de Westminster -matando a dos e hiriendo a 20-, próximo al Parlamento británico.”

“Justo hoy se cumple un año de los atentados del 22 de marzo en Bruselas, en el que perdieron la vida más de 30 personas. Un golpe a la ciudad que alberga las instituciones europeas en un momento en el que el Viejo Continente ya estaba en alerta por los atentados del 13 de noviembre de 2015 en París.”

“2016 ha sido un año negro para Europa, ya que sus grandes capitales han sido azotadas por ataques yihadistas. No hay que olvidar que el 14 de julio la ciudad francesa de Niza sufrió otro atentado al arrollar un camión a los asistente a los fastos de la fiesta nacional, mientras que altercados aislados se sucedían en otros países como Alemania. El último fue el que tuvo lugar en un mercadillo navideño.”

Fuente: Periódico El mundo.

 

1984, George Orwell:

“En el sexto día de la Semana del Odio, después de los
desfiles, discursos, gritos, cánticos, banderas, películas,
figuras de cera, estruendo de trompetas y tambores,
arrastrar de pies cansados, rechinar de tanques, zumbi-
do de las escuadrillas aéreas, salvas de cañonazos…,
después de seis días de todo esto, cuando el gran orgas-
mo político llegaba a su punto culminante y el odio ge-
neral contra Eurasia era ya un delirio tan exacerbado
que si la multitud hubiera podido apoderarse de los dos
mil prisioneros de guerra eurasiáticos que habían sido
ahorcados públicamente el último día de los festejos, los
habría despedazado…, en ese momento precisamente se
había anunciado que Oceanía no estaba en guerra
con Eurasia. Oceanía luchaba ahora contra Asia Orien-
tal. Eurasia era aliada.
Desde luego, no se reconoció que se hubiera produci-
do ningún engaño. Sencillamente, se hizo saber del modo
más repentino y en todas partes al mismo tiempo que el
enemigo no era Eurasia, sino Asia Oriental. Winston to-
maba parte en una manifestación que se celebraba en
una de las plazas centrales de Londres en el momento
del cambiazo. Era de noche y todo estaba cegadoramente
iluminado con focos. En la plaza había varios millares
de personas, incluyendo mil niños de las escuelas con el
uniforme de los Espías. En una plataforma forrada de
trapos rojos, un orador del Partido Interior, un hombre
delgaducho y bajito con unos brazos
desproporcionadamente largos y un cráneo grande y
calvo con unos cuantos mechones sueltos atravesados
sobre él, arengaba a la multitud. La pequeña figura, re-
torcida de odio, se agarraba al micrófono con una mano
mientras que con la otra, enorme, al final de un brazo
huesudo, daba zarpazos amenazadores por encima de
su cabeza. Su voz, que los altavoces hacían metálica,
soltaba una interminable sarta de atrocidades, matan-
zas en masa, deportaciones, saqueos, violaciones, tor-
turas de prisioneros, bombardeos de poblaciones civi-
les, agresiones injustas, propaganda mentirosa y trata-
dos incumplidos. Era casi imposible escucharle sin con-
vencerse primero y luego volverse loco. A cada momen-
to, la furia de la multitud hervía inconteniblemente y la
voz del orador era ahogada por una salvaje y bestial gri-
tería que brotaba incontrolablemente de millares de gar-
gantas. Los chillidos más salvajes eran los de los niños
de las escuelas. El discurso duraba ya unos veinte mi-
nutos cuando un mensajero subió apresuradamente a
la plataforma y le entregó a aquel hombre un papelito.
Él lo desenrolló y lo leyó sin dejar de hablar. Nada se
alteró en su voz ni en su gesto, ni siquiera en el conteni-
do de lo que decía. Pero, de pronto, los nombres eran
diferentes. Sin necesidad de comunicárselo por palabras,
una oleada de comprensión agitó a la multitud. ¡Oceanía
estaba en guerra con Asia Oriental! Pero, inmediatamen-
te, se produjo una tremenda conmoción. Las banderas,
los carteles que decoraban la plaza estaban todos equi-
vocados. Aquellos no eran los rostros del enemigo. ¡Sa-
botaje! ¡Los agentes de Goldstein eran los culpables! Hubo
una fenomenal algarabía mientras todos se dedicaban a
arrancar carteles y a romper banderas, pisoteando lue-
go los trozos de papel y cartón roto. Los Espías realiza-
ron prodigios de actividad subiéndose a los tejados para
cortar las bandas de tela pintada que cruzaban la calle.
Pero a los dos o tres minutos se había terminado todo.
El orador, que no había soltado el micrófono, seguía vo-
ciferando y dando zarpazos al aire. Al minuto siguiente,
la masa volvía a gritar su odio exactamente como antes.
Sólo que el objetivo había cambiado.”

 

Feliz 1984, arrieritas.

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