En nuestro país se solapan varias generaciones que han sido arrancadas del surco. Esta condición fundamental de la sociedad actual, el desarraigo de abuelas y nietas, es el resultado de un modelo territorial y de políticas aplicadas desde el franquismo hasta hoy. La cuestión fundamental es que los modelos territoriales son modelos vitales, y como tal, responden a ejercicios de poder a través de la planificación que determinan las relaciones entre generaciones y entre una generación y su medio. Somos, al fin y al cabo, la generación de la ecotopía, del click como evasión y de las palabras con el prefijo agro. Sin mencionar lo de hacer turismo en el sur global. Reconozcamos nuestro relato.

Willmar. Periferia de Madrid años 60

Reconozcamos nuestro relato.

El éxodo rural fue la diáspora española más reciente de vaciado del campo. Aunque se habla de que se remonta a los tiempos de las desamortizaciones, es en el postfranquismo cuando alcanza cifras asesinas para miles de pueblos, que ven como en un periodo muy corto de tiempo, las puertas de las casas se cierran para volver a abrirse en las fiestas de guardar. Hijas y nietas se han achicharrado años después en los campos místicos y guerreros de la Castilla vieja y la nueva, volviendo a las casas de la familia a pasar el verano. Esas mismas volvían a Madrid, a Barcelona o a València en Septiembre, con el maletero cargado de tomates y pepinos y costras de arcilla en la piel. Nosotras, nietas de pastoras, víctimas indirectas del éxodo rural, enfrentamos en la madurez lo que podría empezar a llamarse éxodo suburbano, que implica, igual que el previo, brochas gordas de precariedad y desarraigo.

Si mirando al paisaje nos podemos ver a nosotras mismas, lo que veo en las periferias hiperpobladas es degradación y miseria colectiva. También veo contrapoder, orgullo de barrio y vermú los domingos. Las de los barrios de las afueras hemos crecido en subciudades o superpueblos simultáneamente, hasta que llegaron las ampliaciones urbanas con su nuevo urbanismo y sus nuevos precios, impulsando a una nueva recolonización forzosa del espacio, el éxodo suburbano.

Las calles-autopista de los nuevos barrios (he llegado a contar 9 carriles seguidos en el PAU de Vallecas) o los edificios de estética carcelaria no son detalles casuales de la configuración del espacio. El urbanismo, como toda práctica ideológica, responde a un poder. Es el espacio donde quieren que habiten las de casa-trabajo-casa y en el tiempo libre gimnasio y centro comercial. Muchas veces estos barrios se diseñan con tan baja densidad de habitantes que no es posible siquiera abrir pequeños comercios en los bajos de las urbanizaciones cerradas. Tampoco es eficiente una red de transportes públicos decente. Este éxodo suburbano parece se hará en coche privado.

Cada modo de producción tiene un espacio que le es propio, por lo que la transición de un modo a otro, engendra, a su vez, la producción de un nuevo espacio

En el punto en el que nos encontramos, si nuestras abuelas dejaron atrás las suertes y las reuniones después de misa, nosotras estamos en vías de extinguir las juntas vecinales y las redes de apoyo. Si ni siquiera conoces a tu vecina ¿cómo vas a aliarte con ella para enfrentar las agresiones urbanas?

Probablemente no irás a morir en el mismo piso en el que te criaste, ni siquiera en el que pasaste tu juventud. Esos cambios de residencia frecuentes son causa y consecuencia del modelo social del ensanche urbano. Causa porque nuestras vidas hoy más que nunca se encuentran sujetas a desvaríos macroeconómicos y a un sistema globalizado. Consecuencia porque es difícil echar raíces sobre un hormigón lleno de goteras de una VPO. ¿O volveremos a los PAU de vacaciones en verano cuando nos hayamos deslocalizado?

Dudo que la idea mítica del pueblo castellano sea trasladada en unos años sobre los ensanches urbanos. Se me ocurren un par de razones; no tienes muertos ahí, no tienes espacio de evasión ahí y el paisaje de ahí es posiblemente idéntico al del ensanche en el que vivas en la actualidad, así que para qué ir ahí.

La diferencia fundamental que encuentro entre los dos éxodos es que en el segundo no hay espacio al que ir. No hay relato.

Somos, al fin y al cabo, la generación de la ecotopía, del click como evasión y de las palabras con el prefijo agro.

¿Puede estar en el éxodo la razón por la que busquemos intensidad e identidad en la recolonización simbólica del campo? Si las ciudades se han convertido en escenarios de consumo globalizado, es lógico que tendamos a la recolonización del símbolo opuesto, que construyamos un nuevo relato del suburbio y del campo, ambos como no-lugares, ya que la identidad local ha perdido sentido con la globalización y nuestra hiperconexión con el entorno inmediato y transfronterizo. Una vez más, ponemos la mirada en el campo tan ajeno, en el descampado, como espacios de sub-versión, como nuestro escenario.

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