“El que piensa transmitir un arte, consignándolo en un libro, y el que cree a su vez tomarlo de éste, como si estos caracteres pudiesen darle alguna instrucción clara y sólida, me parece un gran necio; y seguramente ignora el oráculo de Ammon, si piensa que un escrito pueda ser más que un medio de despertar reminiscencias en aquel que conoce ya el objeto de que en él se trata.”[1]

 Desde luego Platón nunca nos lo puso fácil, eso está claro. Uno llega al Fedro, ilusionado con la posibilidad de que quizá esta vez le acerque un poco más a la verdad, y se encuentra con este desalentador consejo que, por boca de Sócrates, aquel de las anchas espaldas nos invita a seguir.

En un primer encuentro con los diálogos platónicos uno realmente piensa que le han engañado, que Platón no era el de las anchas espaldas, sino el de la cara dura, y en ese primer momento algo dentro de nosotros se dice a sí mismo: “¿Que hago yo aquí, en esta bonita tarde de sábado, con las narices metidas en un libro que me dice de antemano que aquel que pretenda sacar conocimiento de una lectura es un necio? Como se enteren de esto en la Facultad de Filosofía se va a armar un buen lío.”

Está claro que las primeras veces son siempre las más duras, uno no sabe qué hacer, por dónde empezar, vamos, que anda como rollizo cuadrúpedo de aquí para allá. Y sin embargo, dentro de todo ese caos que suponen las primeras lecturas platónicas, existe algo, un no sé qué, que le susurra al lector curioso que hay algo más allá de las palabras que se nos dejaron por escrito, un poderoso silencio que nos permite escuchar nuestra propia voz.

Dice Mª Isabel Santa Cruz en la introducción del Político[2], que preguntarse acerca del tema central de esta obra nos lleva a “una disyuntiva del todo falsa, porque el método y la política son, ambas, cuestiones centrales en el diálogo y la originalidad del Político radica, precisamente, en el modo peculiar en el que ellas se entrelazan”. Es para mí este modo peculiar de entrelazamiento, precisamente, la justificación de que, aunque bien es cierto que ambos temas son centrales en esta obra, el fin último del Político no es otro que la demostración práctica del método dialéctico.

No es esta demostración práctica lo mismo que la exposición teórica que aquí consideramos, junto con la política, tema central, y es necesario marcar aquí la diferencia entre una y otra.

Cuando hablamos de exposición teórica del método dialéctico, hacemos referencia a cada uno de los consejos que el Extranjero le da al Joven Sócrates relacionados con los errores cometidos durante la exposición argumental y que especifican como debe ser llevado a cabo un buen desarrollo racional[3].

Por otro lado, la posibilidad de que existan tales confusiones es factible precisamente porque hay ya un desarrollo dialéctico puesto en práctica que nos demuestra ejemplificando lo que nos ha sido ya explicado teóricamente: el Extranjero señala cómo debe ser llevada a cabo una buena división y además la efectúa. Y ya no es solo que la efectúe, sino que se equivoca al efectuarla, mostrando los posibles factores que pueden llevarnos a errar. De tal forma, no es que se nos muestre un acercamiento a la definición de político que debamos asumir sin más, sino que se nos enseña a elaborar nuestros propios razonamientos para que, como si de una reminiscencia se tratará, comprendamos adecuadamente a qué se refiere Platón cuando habla de política o de sofismas; primero se nos enseña a aprender, luego se nos da material para el estudio.

Por supuesto, no es para nada casual que sea precisamente en torno a la figura del político que éste sea puesto en práctica, por lo que no restaré, bajo ningún concepto, importancia a tal tema.

Partamos por tanto, en un primer momento, de la idea que en el Político se tratan dos temas de gran importancia: la política y el método dialéctico. Ambas cuestiones aparecen explicadas durante un largo desarrollo que hasta el mismo Platón considera, en cierto momento, algo tedioso, y es que estas explicaciones no se dan de una manera directa en forma de pastilla monodosis lista para consumir. Platón no ofrece respuestas, abre caminos que gracias a su grácil prosa seguimos encantados. Sin embargo, estos caminos no siempre llevan a buen puerto, y es que es precisamente en aquellos que parecen no tener salida donde nos aguardan las enseñanzas más valiosas.

No parece muy difícil deducir que, de tener que identificarnos con alguno de los personajes que en este diálogo aparecen, nos sentiríamos más afines al personaje del Joven Sócrates, pues es también a nosotros, a la par que a él, a quienes el Extranjero va presentando sus múltiples desarrollos argumentativos. No es casualidad la elección de la figura de Sócrates el Joven como interlocutor del Extranjero en este diálogo, pues que sea “el Joven” no implica sólo, inocentemente, que su edad sea inferior a la del Extranjero[4], sino que conlleva además implícitamente que aquel se encuentra en una desventaja intelectual frente a éste. Por tanto, tampoco es casual que sea mediante este personaje que Platón haga patente el miedo y la desconfianza que implica para sus coetáneos su querida República[5]. Es por esto que, al situarnos en la parte del receptor de la información, es decir, Sócrates el Joven -pues es obvio que no es él quien lleva las riendas de la conversación- nos situamos frente al Extranjero como el alumno se sitúa ante el maestro: con la confianza absoluta de que no se nos miente, de que no se nos lleva al error, sino al conocimiento. Este papel que asumimos desde el principio de la lectura proyecta en nosotros una sensación de seguridad que hace que absorbamos, memoricemos, y en definitivas cuentas, tomemos por verdadera cada palabra dicha por el Extranjero. Esto provoca que el error sea más chocante, precisamente porque no es esperado. Cada equivocación que éste comete hace que nuestros engranajes mentales chirríen hasta detenerse, y que, como el mundo en el mito, vayan en retroceso deshaciendo las vueltas que habían seguido antes de que se archive en nuestro cerebro una conclusión que resulta no ser válida. Qué gracioso nuestro griego, nos deja como a un niño que, justo antes de que le diera tiempo siquiera a desenvolver un caramelo y llevárselo a la boca, se le cae, colándose en una alcantarilla. La educación es sencilla Platón: tú me lo explicas y yo me lo creo. Fácil, rápido y práctico. ¿Porque nos torturas así? Y sin embargo chirría, porque el que se encuentre ahora mismo afirmando con la cabeza se pasará el resto de su vida agachado, mirando por la rejilla, intentando alcanzar con los dedos aquello que ya tan solo rozará. Porque si la educación es sencilla, creedme, no será educación, será adoctrinamiento.

A lo largo de todo este diálogo se nos muestran las claves necesarias para un utilizamiento correcto del método dialéctico no solo en un plano teórico, sino en un plano práctico en el cual se desarrolla todo un ejercicio racional. De esta manera Platón no nos ofrece solo la herramienta, sino también el manual de instrucciones de ésta junto con varias y diversas ejemplificaciones de su correcta utilización. Puede que un libro no baste siquiera para aproximarse a la techné, ya sea referente a la dialéctica o al gobierno de una ciudad, pero un diálogo no es una mera petrificación de la palabra, es la representación más próxima a la oralidad, es la vía mediante la cual se hace posible un entrenamiento dialéctico que permite acercarse cada vez más al conocimiento de las Ideas y de las relaciones que entre ellas guardan; y, ¿acaso no es la idea más suprema, la del Bien, a la que aspira al fin y al cabo ya no solo la dialéctica, sino la política?.

Tenemos, entonces, que en el Político hay dos temas principales de exposición teórica, esto es, como ya hemos dicho anteriormente, la política y el método dialéctico. De la misma manera hemos afirmado que, sobre ellos, y como propósito central, se encuentra la exposición práctica del método dialéctico como unión de ambos temas.

Lo que quiero demostrar es que la intención con la que fueron escritos tanto el Político como el Sofista no es la mera especificación de la definición de estos dos términos, sino que encuentro en ellos una intención no directamente explícita: el entrenamiento racional del lector que frente a sus páginas se encuentre. Y quizá sea esta la señal que, junto con las conclusiones teóricas sacadas de ambos diálogos, justifica que el Filósofo no fuera escrito intencionadamente, a pesar de que su redacción fuera prometida[6]. De hecho, creo que esta promesa es realizada precisamente porque se nos quiere sugerir el tema sobre el cual debemos desarrollar nuestro propio discurso una vez aprendida la utilización correcta del método, pues es esta la única forma de llegar a aquello que Platón no pudo escribir, pues no podemos ignorar tampoco que según la propia teoría platónica hay cosas que no pueden ser, ya no si tan siquiera escritas, sino habladas. Estas cosas que no se dejan dominar bajo el mandato de nuestros labios son precisamente lo indecible, el quinto grado de conocimiento[7], lo arrheton. Es imposible para los hombres, una vez descubierta la verdad suprema, tornarla en verbo. Es el mito precisamente un intento de fuga de esta verdad, pero no nos permite más que ser trasladados gradualmente hasta las puertas de ella. Saber que estamos ante la puerta correcta o encontrar la llave de ésta, ya es un cantar distinto -seguramente dubitativo-.

Si confiamos en que, como muchos estudiosos sostienen, la Carta VII es el único resquicio de autobiografía que en la totalidad de la obra platónica podemos encontrar, ¿Por qué ignorar el hecho de que en ella aparece una afirmación tal como la que sigue?:

“Desde luego, no hay ni habrá nunca una obra mía que trate de estos temas; no se pueden, en efecto, precisar como se hace con otras ciencias, sino que después de una larga convivencia con el problema y después de haber intimado con él, de repente, como la luz que salta de la chispa, surge la verdad en el alma y crece ya espontáneamente . Sin duda, tengo la seguridad de que, tanto por escrito como de viva voz, nadie podría exponer estas materias mejor que yo; pero sé también que, si estuviera mal expuesto, nadie se disgustaría tanto como yo. Si yo hubiera creído que podían expresarse satisfactoriamente con destino al vulgo por escrito u oralmente, ¿qué otra tarea más hermosa habría podido llevar a cabo en mi vida que manifestar por escrito lo que es un supremo servicio a la humanidad y sacar a la luz en beneficio de todos la naturaleza de las cosas? Ahora bien, yo no creo que la discusión filosófica sobre estos temas sea, como se dice, un bien para los hombres, salvo para unos pocos que están capacitados para descubrir la verdad por sí mismos con unas pequeñas indicaciones.”[8].

No debemos ignorar el hecho de que, para Platón, enseñar significa mostrar el camino, y éste se abre a través de la ejecución de la dialéctica, no a través de la lectura. Tampoco debemos pasar por alto que los temas que se eligen para la ejecución del método dialéctico no son casuales, como ya dijimos más arriba, y la aproximación a las definiciones de sofista y político nos acerca también a la de filósofo: la de sofista por describir aquello que no es, bajo ningún caso, un filósofo; la de político por mostrar una parte de aquello que sí es. Con esto no quiero decir que el político y el filósofo sean la misma cosa, pues la búsqueda que se emprende es la de tres nombres distintos que designan tres cosas distintas[9]. Aun así es cierto que no puede andar muy lejos la definición de filósofo de la de político si tenemos en cuenta que a lo que Platón aspira es al filósofo rey. Debe ser poseedor entonces el filósofo de la ciencia real, y, por tanto, debe la definición de ésta última aportarnos algo sobre esta figura en cuestión.

Así tenemos que en ambos diálogos se nos dan claves teóricas que nos acercan a la figura del filósofo, y a su vez se nos entrena en una práctica dialéctica que nos enseña a serlo. Marco como prioritaria la segunda opción, pues como se ha repetido en diversas ocasiones a lo largo de todo este escrito, ninguna techné puede ser comprendida de un libro ni recogida en éste. Se debe enseñar a los seres humanos a llegar ellos solos allí donde los ilumina aquello de lo que nunca podremos hablar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1]  Platón, Fedro, 274c-277a

[2]  Platón, Político, Gredos, Madrid, 1992, pág. 485-498.

[3]  Platón, Político: 262 b, 275b, 277a – 278d, 278e – 279a, 283b – d, 285b – d, 287c – d.

[4]  Platón, Político, Gredos, Madrid, 1992, pág. 525: “Presta, entonces, toda tu atención a mi mito, como los niños. Al fin de cuentas, dada tu edad, tan lejos no estás de los juegos infantiles”.

[5]  Ibídem, pág. 582: “Sobre las demás cuestiones, extranjero, me parece que te has expresado con mesura; pero eso de que se deba gobernar sin leyes es una afirmación que resulta más dura al oído”. Encontramos en esta misma página, como aclaración a este mismo fragmento la siguiente afirmación: “Platón pone esta observación en boca del Joven Sócrates, porque sabe perfectamente que su teoría choca con las concepciones corrientes y generalizadas.”

[6]  Platón, Político, 257a – b.

[7]  Platón, Carta VII, Editorial, Año, página 12.

[8]  Ibídem, página 11.

[9]  Platón, Sofista, 217a – b.

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