¿Os acordáis de lo de que está bien que el pueblo decida cosas ? Pues es mentira. El derecho a decidir es mentira. Es mentira para la Generalitat, quiero decir. No lo quieren ver ni en pintura. Es todo propaganda de la buena. Ya os dije que debajo de todo esto de la Cosa catalana, había un genuino pánico «a la idea, al concepto, a la mera posibilidad de que la masa elija cosas». Hola, soy Ana otra vez y vengo con cosas para que penséis.

¿Sabíais que hay una vía legal, constitucional y más o menos facilona de haber realizado el referéndum/consulta/loquefuere?

Una reforma del reglamento del Parlament. Y ya está. Democracia directa, así como por arte de magia. Los magos que se ofrecieron a sacar ese conejo de la chistera son Juan Moreno Yagüe y Francisco Jurado. Aquí explican el truco.

Esta idea era un bombazo. Un bombazo tan democrático, tan de derecho a decidir, que al Parlament le dio canguelo. No le vayas a dar demasiado poder al pueblo, que luego se viene arriba.

Os cuento la idea, así en formato para parlamentarios simple. El sistema político que tenemos (democracia) se basa en la idea de que la soberanía reside en la ciudadanía. Para los de la LOGSE: la peña decide sobre cosas. Para los jipis: Power to the people, como diría John Lennon.

¿Y esto cómo se hace? Fácil: la gente vota las cosas (leyes). Originalmente, se junta todo el mundo y vota directamente. La idea es bastante vieja, seguro que os suena de cuando los antiguos griegos. Democracia directa. Simple, ¿eh? Pero claro, tiene sus limitaciones. A ver cómo juntas a una ciudadanía de millones para que delibere y vote. Como somos muchas y no entramos todas en el Parlamento, pues a alguien se le ocurrió lo de la democracia representativa. Delegas tu poder de voto en otro, entre otras cosas. Y otros muchos hacen lo mismo, así que ese «otro» representa a varios ciudadanos. Se elige a un puñado de otros para que hagan eso y ahí tenéis el Parlamento. Para cosas muy muy importantes, la ciudadanía se reserva el poder de voto (una reforma de la Constitución, por ejemplo).

A día de hoy, la participación política directa de la ciudadanía se limita al referéndum y a la iniciativa legislativa popular. Ambas limitadas por el ejecutivo y el legislativo, respectivamente. Es decir, que si los representantes no lo consideran oportuno, la ciudadanía no participa. Es más, el principio de la representación está grabado a fuego y parece inmutable. No se toca. No se discute. Que de parlamentario se vive muy bien.

Vale, no cabemos todas en el Parlamento.

Pero estamos en el siglo XXI. No hace falta estar físicamente en el Parlamento para votar (los propios parlamentarios pueden hacerlo online si están de baja). Otra historia es el trabajo de elaboración de las leyes, discusión y demás. Imaginaos la movida y el tiempo y energías que requeriría de cada una de nosotras. Vamos a quedarnos con lo de votar.

Se pueden hacer muchas cosas por internet. La Declaración de la Renta, por ejemplo. No es tan loca la idea de que la ciudadanía pueda votar directamente por internet. La UNED elige a su rector/a así. El Ayuntamiento de Madrid está avanzando en esa línea con lo de Decide Madrid. Y en la ley aquella de consultas populares en Cataluña (Ley 10/2014) que tumbó el Constitucional, se contemplaba la participación ciudadana por vía telemática (art. 28).

El truco de magia es hacer una reforma del reglamento del Parlament para que lxs ciutadans puedan votar, cuando así lo deseen, las decisiones que adopte la cámara. Súper democrático. Para que esto sea factible, se habilita un sistema telemático para emitir el voto. Además, se propone un reajuste del peso del voto de los parlamentarios en relación al número de ciudadanos que participen. Por ejemplo, si vota toda la ciudadanía, el voto de los parlamentarios no vale nada porque no queda a quién representar –contaría el voto de los representantes como un voto de un ciudadano cualquiera–.

Esto a los parlamentarios les dio miedo. A nadie le gusta perder poder. Así que la idea se fue al cajón. Es como con la propuesta de reducir el sueldo de los parlamentarios. Evidentemente, votaron que no.

Decidir de manera no vinculante (opinar, vamos) sobre la Cosa, vale. Decidir sobre cosas, ni de coña, amigas.

Mierda, al final resulta que todo esto era una guerra de narrativas entre poderes políticos y en ningún momento se quería que el pueblo decidiese. Propaganda, propaganda everywhere.

Democracia sí, pero la justa.

 

Ana Ideia

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