Y suspiré e inundé mis pulmones de aquella fragancia de olor inclasificable tan reconfortante como irreal. Me llené de mí mismo,de mis miedos y de mis fantasías, y me volatilicé y me recompuse en un instante, cambiando de forma, creciendo tanto que casi creí chocar contra el techo, pero no fue así, pues éste había desaparecido y ahora no había límite.

Decidí asomarme al balcón y los ficticios rayos de sol que provenían de un falso cielo llano, sin sombrías nubes que amenazasen su pactada tranquilidad, me bañaron con calma, haciéndome estremecer ante aquel lejano pero reconfortante calor.

Y sabía que era mentira,pero salté y el suelo me recibió como si la acera de piedra y granito hubiese sufrido una metamorfosis y ahora fuese de goma espuma, blanda,tan blanda que amortiguó el peso de mi caída hundiéndose ligeramente bajo mis pies, para recuperar al instante su forma original. Mientras, los arbustos y las copas de los árboles más altos se mecían lenta y apaciguadamente, al ritmo de un vals insonoro, imperceptible para el oído humano, a pesar de no haber viento alguno que les impusiera hacerlo,como si hubiesen decidido por su cuenta deleitarme con el movimiento de sus verdes y relucientes hojas.

Y sabía que era mentira, por eso renuncié al preciado placer de caminar y dejé que mis pies se separasen del suelo, lentamente al principio y con la precariedad de un inexperto en aviación, y más suelto a medida que iba alcanzando altura. En un instante, me hallé frente al balcón del primer piso donde pude ver a través de los ventanales del salón a dos niños. Uno de ellos estaba sentado en el sofá, inmóvil, tenso, precario y embobado, con toda su atención dirigida hacia un extraño aparatejo, de color oscuro y del que salían sin parar luces de todas las intensidades (quizá también sonidos, pero eso no lo alcancé a verificar ya que la ventana estaba cerrada,aunque lo supuse) El otro tenía su mirada fija en mí, parecía tener los ojos fuera de su propia órbita y movía las manos en todas direcciones, muy rápidamente, mientras gritaba (algo que también supuse), me señalaba e intentaba llamar la atención del primero, que se hallaba demasiado absorto en todo ese extraño espectáculo de luces continuas.

Y sentí pena por él, porque si hubiese decidido hacer caso a los insistentes alaridos del niño que me señalaba, quizá hubiese descubierto algo más sorprendente de lo que jamás esa especie de caja sonora (y seguramente ruidosa) podrá mostrarle.

Y sobrevolé el edificio,que desde arriba parecía más grande que desde dentro,donde todo se ve más pequeño,más reducido y siempre a través de cuadrados limitados, y me reí, porque ahora no había ningún cuadrado que limitase mi vista, ningún interlocutor que tradujese por mí la realidad, la cual deformaba y volvía a encajar a mi antojo.

Y sabía que era mentira, por eso decidí aromatizar las montañas por zonas, un toque de canela por las laderas y algo de azahar para las cumbres, y creé colores nuevos, diferentes,inexistentes(quizá hasta inefables) para las flores. Desde las alturas el monte era como la paleta de un pintor ciego, que juntaba sin ton ni son los colores,guiándose por sus olores, por sus texturas, y después,entremezclaba en el lienzo de su realidad creando paisajes inimaginables que ahora se extendía frente a mi,me estremecían y me hacían sonreír a la vez,necesariamente verdaderos de puro irreales.

Y, quizá fuese mentira, porque de pronto comenzó a sonar una melodía, a lo lejos, detrás de las montañas, que empezó a ascender hacia el cielo, y pude verlo, pues aquella melodía se había materializado ante mis ojos y serpenteaba libre por el aire, arrimándose a las copas de los árboles más altos que no necesitaban viento para mecerse, porque habían decidido bailar al son de las notas de aquel piano,que entre todas formaban un vals insonoro, imperceptible para el oído humano, pero no para mí, porque cuando dicha melodía me envolvió y comenzó a columpiarme, pude escucharla con total claridad.

Y, quizá fuese mentira… pero cuando suspiré e inundé mis pulmones de aquella fragancia de olor,ahora clasificable, me reconfortó.

Me llené de nuevo de mí mismo; dos valientes lágrimas se asomaron al abismo de mis pupilas, rodaron lentas por mis mejillas, convenciéndome de que todo aquello, muy a mi pesar, no podía ser mentira.

Por: Noviembre

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