Hacía tiempo que no manchaba, literalmente, el papel. Supe porqué era desde el momento en el que volví a coger el bolígrafo. Quizás fuera precipitado hacerlo, pero como muchas veces, aquello ya había comenzado. Hablé de aquellos comienzos que con frecuencia empiezas a relatar desde el final, desde lo que a veces parece ser lo único que existió. Por suerte, creo que hoy no hablo de romper con nada, ni de dejar cosas atrás. Por suerte creo que a veces no hablo, ni grito. Y por suerte también, muchas veces me escucho.

Como si de una escultura se tratase, dedicas mucho tiempo y esfuerzo en moldear algo que al final, y demasiadas veces sin querer, acaba rompiéndose.

Un accidente, sin víctimas aparentes, ni graves heridos, ni desgarros.

Jurarías que prestaste suficiente atención a cada una de las grietas, pero nada es suficiente y, lo mínimo, demasiado.

Recuerdas cómo te encontrabas con las manos cubiertas de alguna esencia, de aquella esencia.

Manchada hasta los codos de nadie sabe qué, lo mejor que podía pasarte en aquellos momentos de divertido desconcierto era sentir como el agua teñida se deslizaba por tu piel.

Lo sé, no me bastó con contemplarlo, yo estaba dentro. Participé en el juego y, a decir verdad, “de haber sido posible” no me hubiese conformado.

Si la escultura supiera. Si se hubiesen desvanecido los temores.

Si realmente tuviera cuerpo.

Si se hubiese permitido, en todas las ocasiones, que le inundara el alma.

 

Y dejas de recordar.

Por: Cristina Castro Martínez

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