Creo que al llegar empezó a notarlo. Se intuía lo que más tarde resultaría ser como estar en el mirador de “cualquier” montaña. Su cuerpo lo clamaba pero parecía, a juzgar por el ritmo de sus andares, no haberse dado cuenta.

Observar de cerca aquellas arrugas y poder acariciarlas, fue como vivir una aproximación de lo que sería amar en un futuro, cada vez menos lejano.  Cómoda. Con la imposibilidad de emitir juicios. Sintió tan de cerca lo que no podía verse… Algunas inexistentes observadoras dirían que palpó su alma. Se inundó de todo lo que era aquella desconocida. De nuevo, teniendo en frente a alguien con los ojos cerrados, se sintió desbordada. Se sintió desbordada por corrientes de agua, a sus ojos y en ese momento, desbordantes.

Y, como en la incuestionable vida, tuvo que volver a elegir. Utilizó para ello la guía que usaba siempre. Llegara hasta donde llegara.

Se sentó en frente. Parecía haber olvidado que se podía volver a temblar. Esta vez, todo era mucho más posible,  ella era mucho más consciente de estar disfrutando de aquella experiencia efímera. Se levantó satisfecha, con la imagen aún guardada de aquellos labios, dejando en aquel hueco un pedazo de sí misma. Maravillosa ambivalencia.

Regresó a su sitio y no pudo contenerse, ni tenía por qué hacerlo. Por primera vez en mucho tiempo volvió a creer que no había nada que demostrar. Se sintió observada pero libre. La paz le lleno los ojos y sus pestañas quedaron, una vez más, mojadas.

Le fascinó tanto que tuvo que escribir sobre el hecho de que en aquella habitación las cosas consideradas importantes fueran, por una vez, las que no podían verse y le fascinaba el hecho de que el resto de sentidos fuesen necesaria e inevitablemente valorados. Todo el mundo en aquella sala percibía el aire teñido de azul. El movimiento, por dentro y por fuera, resurgía entre las personas cuando levantaban la vista.

Volvieron a cobrar valor las sonrisas. Y volvieron a estar, como hacía tiempo que no, por encima de las cosas. El tiempo le tocó la espalda y ella, aún despertando de aquel ligero trance, se arriesgó a girarse.

Cristina Castro Martínez

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