Foto de portada: fotograma del corto “1977” de Peque Varela

El corto “1977” de Peque Varela muestra, en unos pocos minutos, una interpretación de lo que supone el medio social en la construcción de la/las identidades de género y sexuales. Es un esquema fácilmente extrapolable a otro tipo de identidades, pero, en este caso, nos limitaremos a género y sexualidad, que es el tema que trata explícitamente. Extrapólese libremente y a conveniencia del lector.

Según empieza el corto, podemos ver como se nos presenta a une niñe –utilizaré la letra e para salir del binarismo de genero, en los casos en los que no se haga explicito el género al que se asocia la persona-, al parecer sin un género determinado, mirando por la ventana. En esta escena podemos ver la primera distinción de roles de género, presentándose estos como una parte del folklore, es decir, siendo explicadas a partir de una metáfora cultural en la que se permite al hombre bailar y apoderarse de la esfera pública, mientras que la mujer se dedica a bailar únicamente dentro de la casa –en la esfera privada-. La “niña” –en cuanto a que la mirada de la madre ya parece asociarle el género femenino-, asombrada ante esta diferencia, es interpelada por su madre –entendiendo por esta que es una persona socializada en el género femenino-, y que, hablándole al oído, le transmite ese primer germen de la cultura de género. Así como si fuese un cuento, la madre perpetúa en la hija la herencia cultural de la idea del binarismo de géneroaun, curiosamente, estando ella entre rejas debido a esa propia cultura que transmite-. Al ver a la madre susurrando a su hija, creemos escuchar “Tú, hija, estas aquí dentro porque eres mujer, como tu madre y tu abuela, y es donde nos toca estar. Ese otro mundo –el mundo masculino– no te pertenece.” Así, aparece el primer nudo en el estomago de le niñe.

En solo veinte segundos de cortometraje se nos exponen ideas tan interesantes como el binarismo de género, la creación, transmisión -e incluso imposición- cultural del mismo, y la condición a la que se exponen cada uno de los roles.

Sin embargo, le pequeñe continua siendo un sujeto sin un género definido, al igual que el resto de chiques con les que juega en el colegio. El sistema de género aún no les ha calado lo suficiente.

Es precisamente al salir de este ámbito de juego “infantil”, cuando el sistema en sí mismo -si es que se puede hablar de tal concepto, refiriéndome principalmente a lo institucional y de ámbito social mas allá de la familia o las relaciones cercanas- impone sus clasificaciones de género, siendo un requisito imprescindible para entrar a formar parte de esa nueva etapa. A le protagoniste de nuestro corto, el rol que se le asigna es el femenino. Es en este momento donde le cae del cielo el rol de género, con su ropa rosa y su corte de pelo característico. Y con una muy buena metáfora, el nudo que aparece en su estómago, la confusión que siente al serle asignado este papel, pasa a convertirse en el contorno de su persona, en una capa interiorizada que limita su identidad, y con la que empieza a caminar.

Sin embargo, por si no fuese suficiente esta interiorización, aparece el papel del sistema educativo y su pedagogía autoritaria, centrada en inculcar preciosos valores como la obediencia, la rectitud, y la anulación de la otredad. Este modelo “educacional” contribuye a asentar aun mas estas doctrinas de genero en -¡ahora si, conseguido!- nuestra “niña”.

De este modo, una vez superado el examen de género, se permite a la niña la feliz la entrada a la sociedad -representada en el corto con la metáfora del monopoly y cierto aire del sueño americano- En esta sociedad representada en cuadriculas, casi simétrica, ideal, perfecta y sonrientemente binomial. Nuestra niña ha llenado la cuadrícula que estaba esperándola. Todo encaja y todos sonríen.

El sistema educativo consigue imponer su modelo de obediencia, estructura y producción. Sin embargo, un factor se escapa de estos cálculos. Alguien no ha conseguido controlar la imaginación de la, ya al parecer, adolescente: esta mitiga los efectos alienantes del sistema educativo dando rienda suelta a su mente, explorando y regodeándose en el deseo de ser futbolista. ¡Futbolista! ¡Si hemos dicho que era una mujer! Nuestra adolescente parece que no encaja perfectamente en el sonriente binarismo del monopoly, y el tablero amenaza con resquebrajarse.

No hay problema, que no cunda el pánico. Romper de lleno con la normatividad no es tan sencillo, y el sistema esta lleno de recursos para que no suceda. Por supuesto, esta socializacion como femenina o masculino no la ha vivido únicamente la protagonista del corto. Toda una sociedad ha sido –valga la redundancia– socializada al igual que ella en unos roles fijos de lo que se espera de una “mujer” y de un “hombre”. Se ha creado una norma, y por lo tanto, un otro, un dentro y un fuera, un “está bien” y un “está mal”. Si algo se sale, no importa, la norma está ahí para, o bien rechazarlo, o bien hacerlo entrar en su monopoly perfecto y sonriente. “¡Marimacho!” – Le gritan a la protagonista. Y esta vez, el nudo que se crea en su estomago no solamente pone otra capa de identidad a su alrededor, sino que la aplasta desde fuera. El peso de la norma ha hecho su efecto, todo controlado. Pueden volver a sonreír.

Nuestra protagonista camina ahora por las cuadriculadas carreteras del monopoly. Y en este momento, un grito de “Maricón” nos rompe los esquemas. Un momento, ¿no era marimacho?. Nuestra protagonista únicamente se ha cortado el pelo, y ha pasado del color rosa y las faldas. Ahora, al menos a los ojos de ciertas personas, es un hombre. Un hombre maricón. Un momento, ¿no se nacía uno u otro? ¿hombre o mujer? ¿no pertenecía ella, desde pequeñita, a ese mundo de dentro, de su madre y su abuela? ¿es tan fácil salir de ese mundo como cortarse el pelo o cambiar de ropa? ¿y si me visto así entonces soy un…

¡Te ha venido la regla! ¡eres toda una mujer! – Con esta escena el corto nos responde a estas preguntas. Empezaba a parecer peligroso, el sistema hermético de binarismo de genero casi parecia tambalearse. Pero vuelve a no importar, no se asusten.

Nos introduce de esta manera en la idea de la centralidad genital en la determinacion del sexo, y consecuentemente del género. A partir de la vagina, vemos como se dibuja el resto de su cuerpo, a la vez que la linea que define su identidad. Todo vuelve a funcionar. Vuelvan a sus asientos. La niña tiene la regla, tiene vagina, todo va bien. Es toda una mujer. El monopoly vuelve a sonreir, aunque nuestra protagonista vuelva a sentir ese nudo en el estomago. Son las normas del juego, hay que jugar con ficha rosa o azul.

Y se van acumulando a su alrededor cada vez mas “lineas de identidad” que reafirman que ella es esto, no lo otro, y por supuesto, nada que se situe mas alla de esto-y-lo-otro. Lineas que ella misma va reafirmando en cuanto a su identidad binaria de género. Pero el nudo sigue ahí, creciendo en cada limitación que esta construcción identitaria le impone.

Por último, y siguiendo los símiles de juegos de mesa, aparece el famoso “¿Quién es quién?” Parece estar claro, son hombres, y son mujeres. Se es hombre o se es mujer. -¿se podría estar hombre o estar muj… perdón, nada, todo está bien- Y, por supuesto, las mujeres se sienten atraídas por los hombres, y los hombres por las mujeres. Es parte esencial de ser hombre o ser mujer. Pero vaya, nuestra protagonista parece que no siente lo mismo. Parece que no le resultan sexualmente atractivas las personas con pene -y su consecuente socialización normativa-, los varones, los hombres. En la ruleta del quién es quien, su pareja resulta ser una mujer. Resulta ser una persona cuyo cuerpo y conducta en el entorno social son interpretadas como femeninas. Cuyo texto es leído como un texto femenino -una persona con ciertos atributos sexuales catalogados como femeninos, normativamente socializada en el rol de genero femenino y cuyo binarismo sexo/género encajan idealmente-. Y en las normas del monopoly también podemos leer claramente “Heterosexualidad como requisito imprescindible para el juego”.

Y entonces pasa. Todo su sistema -¿su sistema?- se derrumba. El nudo en el estómago se hace demasiado grande. Aparecen todos los elementos que están allí entremezclados, todos esos poderes y discursos que hablan sobre lo que se tiene que ser y se debe ser. Sobre todo lo que se puede ser. Sobre todo lo que se es.

Y le duele el estómago. Porque hablan sobre todo lo que ella tiene que, puede y debe ser. Sobre todo lo que no es. Allí, en su estómago, están todos aquellos que gritan sonrientes: “¡Todo va bien! ¡Todo va bien!”. Todas las casillas, casas y jardines de ese monopoly.

Y creemos que sentencia: Sigan sonriendo, señores, pero su tablero se resquebraja.

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