A mediados de los años noventa, surgió en Europa una corriente de pensamiento relativa a la llamada crisis de valores. Nos encontrábamos en un punto muy anterior al inicio de la crisis económica, y sin embargo la sensación de ruptura comenzaba a rondar por las cabezas de los pensadores, pero sin mucho eco en la sociedad, ya que la bonanza económica impedía cuestionarse seriamente el estilo de vida y la mentalidad reinante por aquel entonces.

  Esta crisis de valores, promulgada por los pensadores sin respuesta, hacía referencia a la sustitución de cuestiones como la amistad, la solidaridad o el honor, las cuales pasaban a un segundo plano, por la urgencia de una consideración material y práctica demasiado en consonancia con la moda de aquellos instantes, la cual no era otra que la creencia en la obtención de dinero fácil. En esos años, un estilo de vida desenfadado y con anclaje único en lo material parecía tener cabida, y no había una oposición al respecto a nivel de pensamiento, lo que era más preocupante incluso que la propia ausencia de oposición a las ideologías políticas.

  No era un asunto nuevo la creencia de pensar en el dinero y el lujo como la única virtud, y el sueño alcanzable. Lo nuevo en aquellos años noventa era la utilidad y la opción de poder conseguirlo, y además no era algo que estuviera reservado a unos pocos, aunque el sueño de ser una persona pudiente fuera un espejismo y nos viéramos conducidos a la crisis económica sin remedio.

  Nunca se podrá probar una relación de causa y efecto entre la crisis de valores susodicha y la crisis económica, pero lo cierto es que cada vez más nos damos cuenta de que las personas surgidas de esa generación, por supuesto evitando generalizaciones, han crecido con la mente puesta en la sustitución de esos valores tradicionales, en las miras de lo material como primer valor, y desterrando el resto de las aptitudes como propias de una órbita ajena al mundo de los listillos, lo que tampoco es nuevo debido a una tradición picaresca demasiado arraigada en nuestro país, pero los pícaros de antes no salían del mundo de la pobreza.

  Valores como la amistad, la lealtad o la solidaridad, desde esa fecha han pasado al ámbito de la literatura ficticia, como algo difuso que se sabe que está ahí, pero sin utilidad tristemente en el mundo moderno. El materialismo es una costumbre tan arraigada entre nosotros, que es necesario un cambio de mentalidad en generaciones futuras, pero esto no va a pasar lógicamente por la influencia de un determinado gobierno, sino más bien por una vuelta a los valores tradicionales.

Por: Miguel Hernández Paniagua

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