Dos conversaciones en la barra de un bar gay. O mejor, una conversación y un monólogo: tres jóvenes hablan sobre cómo pasarán la noche mientras un hombre maduro reflexiona en voz alta sobre su pasado al hilo de lo que sucede a su lado.

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Frustración: punto límite al que se llega cuando debes renunciar a las expectativas puestas en un futuro prometedor. En una sociedad basada en ganar o perder, siempre se vive en el miedo a llegar a ese límite. Cuando las contradicciones entre tus deseos y las imposiciones sociales te obligan a reprimir tu naturaleza misma, sólo hay tres alternativas: la violencia, una vida basada en el autoengaño y en la esquizofrenia entre lo que eres y lo que te asusta ser, o el suicidio. Cuando no nos permiten ser lo que queremos ser, cuando tu mismo ser biológico llega a ser una categoría construida por el poder, y tu yo es otro, sólo identificable en el espejo del orden, entonces hemos perdido la autonomía propia del pensar libremente. Sólo pienso el conjunto de ideas que quieren que piense, y lo traduzco en comportamientos “normalizados” y regulares. Esto es humillante, pero en la mayor parte de las veces, inconsciente, a la vez que frustrante. Sólo tienes que preocuparte de ti mismo, nos dice el sistema, y el resultado de tal axioma es devastador para la colectividad. Es tremendamente difícil erradicar las emociones básicas derivadas del comportamiento egoísta inducido por él, y sus consecuencias políticas las hemos podido comprobar durante los últimos años: el desmantelamiento de los servicios destinados al bien común, ya que se ha roto el principio de solidaridad.

En Occidente, sobre todo en Estados Unidos, hace tiempo que el consumismo ha alejado a la población de su conciencia social. Para manejar a las personas hay que controlar sus creencias. Hay que desviar su atención y confundir sus certezas a cerca de cuáles son sus necesidades. Mantenerlas pegadas a las pantallas de la televisión, de internet, del móvil, … La desinformación es el fruto de esta manipulación: te crees que lo sabes todo, pero acabas tomando decisiones irracionales motivadas por la publicidad, que ha conquistado el terreno de la política hasta convertirla en un campo sembrado de extravagancias inducidas por el marketing comercial. Más frustración. Más indignación. Una indignación que provoca furia, pero que, unida a la ignorancia y la desinformación, también puede ser manejada por el poder. En una sociedad donde el egoísmo y la competitividad extremos han calado en el inconsciente colectivo, el objetivo es que las personas se odien entre sí, se culpen las unas a las otras de sus problemas, olvidando el origen real de su comportamiento. Y la esquizofrenia creada por tanta contradicción es el germen de los fanatismos y de la violencia que padecemos.

La conversación que abría este texto fue publicada en un cómic del dibujante Ralph König en 2005. En la escena se puede comprobar la tremenda distancia entre dos modelos de pensamiento motivados por la experiencia de dos mundos opuestos: uno refleja la frivolidad de unos gays cuya única preocupación es la diversión, mientras otro expresa la soledad y la inquietud por el olvido de un problema en el que no se suele pensar mucho desde la perspectiva de una persona atrapada por los hábitos del consumo contemporáneo: la homofobia institucionalizada. Como el mismo personaje señala, no sólo se trata de una tragedia del pasado. Nunca ha dejado de existir. Pero normalmente, la gente no suele querer oír esas cosas, demasiado preocupada por sus asuntos particulares, hasta que surge un atentado descomunal como el de Orlando, y, aún así, se desvía la atención hacia el terrorismo internacional, el yihadismo, el islam destructor. Los malos siempre son ajenos a nosotros y quieren destruir nuestra bien trabajada democracia, alejando de este modo la autocrítica. Owen Jones reaccionaba en un video aparecido en The Guardian hace poco, señalando al pub gay londinense Admiral Duncan, que sufrió un atentado neonazi en 1999, con tres muertos y setenta heridos, como ejemplo de cómo la violencia homofóbica nos debe hacer reaccionar sobre nuestra pasividad, recordando que los derechos conquistados sólo se mantendrán si cuestionamos constantemente las estructuras autoritarias que van conformando nuestro sistema de convivencia.

Fue el trabajo de los activistas el que logró los derechos que disfrutamos. Fueron ellos quienes organizaron a la gente para luchar por ellos frente a los “Amos de la Humanidad” (Adam Smith), sólo preocupados por sus intereses, y a los que les importa bien poco el destino de la población. No obstante, durante los últimos años, hemos estado asistiendo al desmantelamiento de todo tipo de organización cuya idea fuera la construcción de una sociedad más justa, más libre en todos los sentidos, tanto de prejuicios como de violencia, al tiempo que se generalizaba la idea de que la felicidad de esta “vida líquida” (Zygmunt Bauman) nos había alejado del peligro de una involución. Nada más erróneo. Echar la culpa al islam del atentado de Orlando es “echar balones fuera”. El mundo está plagado de ejemplos de homofobia más o menos legal, fruto del odio y el miedo hacia la diferencia y al cuestionamiento del orden impuesto por los intereses de esos “Amos de la Humanidad” a los que Adam Smith se refería en su “Riqueza de las Naciones”. La interiorización inconsciente de esos intereses por parte de la población provoca el desprecio hacia quienes no los comparten.

Las causas del atentado de Orlando hay que buscarlas dentro de nuestro esquema social, al igual que los miles de actos de violencia homofóbica y transfóbica que han ocurrido y aún ocurren en este mismo momento a lo largo del mundo. Porque la lucha contra la homofobia no es ajena al compromiso con lograr una sociedad en la que las categorías excluyentes sean abolidas, como dice José Antonio Mérida Donoso en su artículo “La homofobia y las cabezas medianas”: “Cautivos de la masa crítica, vivimos en un mundo dominado por la intransigencia de la cual se desprende la necesidad de catalogar constantemente al otro. Etiquetar al otro y reducirlo bajo esquematismos es la tendencia imperante al tratar la identidad sexual de los demás bajo una moral convencional y unívoca. Tal y como dice Judith Butler la “unidad del género” es la consecuencia de una práctica reguladora que intenta uniformar la identidad mediante una heterosexualidad obligatoria. El poder de esta práctica reside en limitar, por medio de un mecanismo de producción excluyente, los significados relativos de “heterosexualidad”, “homosexualidad” y “bisexualidad”, así como los sitios subversivos de su unión y resignificación”. Así se entiende la fobia a todo lo que no se integre en la heterosexualidad normativa, y que se mantengan los tabúes y estereotipos contra los transexuales y homosexuales. La educación es una parte muy importante en este proceso. Los prejuicios transmitidos a los niños y adolescentes, junto a sus comportamientos represivos, son las claves no sólo de la reproducción de la homofobia, sino también del aumento de patologías psicopáticas que originan la violencia desmedida del fanatismo que nos rodea. Pero aún peor es la indiferencia y el pesimismo de gran parte de la sociedad, cuando lo que importa es la infinidad de las pequeñas cosas de gente anónima que determinan los cambios futuros.

Aún recuerdo las palabras finales de “Jonás, que tendrá 25 años en el año 2000”, película de Alain Tanner de 1976: “Intentaré mantener unidas vuestras esperanzas, de forma que no desaparezcan. Voy a volver al trabajo. Seré explotado. Intentaré utilizar vuestras esperanzas como niveladores… Tengo frío… Estoy en el siglo XX, Jonás. Sólo se me pide que esté callado, que lo acepte todo. Sólo se me permite hacer lo que me pagan por hacer. Soy mano de obra. Mano de obra en su motocicleta. Hace frío tan temprano por la mañana. Pienso en mi cama, tan cálida. Jonás, la partida no ha terminado. ¡Mirad vuestras vidas! Desde el día en que aprendemos a andar, el día en que el ejército dispara sobre miles de nosotros, desde tu primera lección de lectura hasta la última decisión democrática: no hay que ceder en nada a pesar de todas las amenazas. ¿Será mejor para ti? Lo mejor es puesto sistemáticamente a un lado. Y yo digo: nadie volverá a decidir por nosotros. La primera vez quizá no suceda nada. La décima vez habrá un comité. A las cien veces habrá una huelga… y otra lección de lectura para ti, Jonás. Tantas veces como monte en la Vespa para ir a trabajar. Más. Tantas veces como los días de mi vida.”

 

Juan Argelina.

 

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