Así, arruinando mi carrera profesional a lo salvaje, me dije. Parece que años de crisis y paro sistémico han calado en nuestro imaginario colectivo, al menos el de mi generación, al menos en mí, y te han autoconvencido de que los trabajos no se dejan, de que a tí te echan. Pero la verdad es que el mundo laboral en España es una mierda. La verdad es que echamos más horas que otros países europeos, mientras a nosotros se nos llama vagos. La verdad es que te pagan una mierda que no valora ni de lejos la formación en la que has empleado tu tiempo y tu dinero, porque además estás haciendo un trabajo para el que estás sobrecualificado. Nos la han colao, chavales.

Tengo 23 años. Lo que significa en mi caso, que me he sacado una ingeniería en 4 años, y estoy a punto de terminar un máster. Sé inglés, sé alemán y tengo infinitos cursos a mis espaldas. He hecho lo que se suponía que tenía que hacer en un tiempo récord, en el que todo iba tan deprisa que ni siquiera me paré a pensar en qué estaba haciendo y por qué lo estaba haciendo. Ni siquiera podría decirse que perdí el Norte, porque nunca me planteé en serio que hubiera otra dirección. Al llegar a este trabajo, en una multinacional del sector de la Energía, pensé que tenía una flor en el culo y que por fin había llegado la recompensa a todo mi esfuerzo y mi talento. Cobrar menos de 1000 euros me daba igual, estar ocupando un puesto que debía ser fijo y en el que estaba de becaria me daba igual. Tener un contrato de un año me parecía una bendición. Levantarme a las seis y media, trabajar y correr al máster, me daba igual. No tener vida, calcular que entre transporte, trabajo, clase y sueño me quedaba una hora al día para mí, me daba igual, porque iba como un burro con orejeras.

La autora, de lunes a viernes. Ante todo, eficiente y concentrada en atravesar la pared

La autora, de lunes a viernes. Ante todo, eficiente y concentrada en atravesar la pared

Muchos días delante del ordenador en la oficina, me daba cuenta de que trabajaba de administrativa, me daba cuenta de que un mono bien adiestrado podría estar haciendo mi trabajo, que además era inútil tanto para mí como para el resto de la sociedad. No me he caído de un guindo, y trabajar para el enemigo no me hacía especialmente feliz, pero darme cuenta de que mi tiempo y mi trabajo valía una mierda activaba en mi cerebro una frustración y una sensación de estar perdiendo y regalando mi vida que día a día iba haciéndose más fuerte. Otra parte de mi cerebro se dedicaba a autoprotegerse engañándome con sermones aprendidos, que me servían para poder levantarme de Lunes a Viernes porque existía una razón de peso para ello. Yo siempre he sido muy de fustigarme.

Mi oficina, y no creo que sea una excepción, estaba llena de personajes amargados y frustrados que canalizaban su impotencia cotilleando a las espaldas de los demás, criticando el trabajo de otros y viendo pasar su vida. No creo que esta forma de ser venga con las canas, pero sinceramente estar rodeada de gente tóxica e infeliz me causaba mucha ansiedad. Poco a poco, ir al trabajo era como ir al cadalso, empezaba a obsesionarme con el tiempo, que no pasaba, nunca llegaban las tres y media. Me resultaba difícil congeniar con aquella panda de desgraciados y a pesar de mis intentos de disimular mis verdaderos sentimientos, solo conseguí odiarme a mí misma un poco más, por lo que hacía y no hacía.

De viernes a domingo contaba las horas que quedaban para llegar al lunes. Odiaba perder el tiempo, me estresaba esperar al autobús, me estresaba dormir demasiado y no estar haciendo lo que tenía que estar haciendo, que nunca era lo que hacía en ese momento.

La autora, martilleándose con una amiga suya que había rechazado un trabajo que consistía en timar a ricos

La autora, martilleándose con una amiga suya que había rechazado un trabajo que consistía en timar a gente

No podía quitarme de la cabeza lo que me tocaría hacer el lunes; archivar, rellenar formularios, redactar informes insulsos, estar de teleoperadora, repasar y organizar bases de datos, recopilar toda la información que me llegaba de manos de las consultoras subcontratadas, soñar con trabajar algún día en esas consultoras y estar haciendo algo, si no útil, por lo menos entretenido, que por lo menos reflejase mis aptitudes técnicas.

Muchos me dijeron que era becaria y que me estaba comiendo todo el marrón, que luego en un puesto normal eso no pasaba, pero lo repito, estaba cubriendo un puesto que debería ser fijo, mis compañeros de departamento hacían lo mismo que yo, y llevaban haciéndolo al menos ocho años. No me lo creía, nunca me llegué a creer que aguantase un año ahí. Desde el primer mes me propuse llegar a Junio, dejar esa empresa, pagarme un verano de la ostia y volver a buscar trabajo en Septiembre. Creo que me lo merecía, que no estaba siendo egoísta y remilgadilla, pero en ese momento años y años de telediarios, internet, conversaciones y autoexigencia salían a la luz y me obligaban a volverme contra mí y mis intereses para forzarme a seguir así. A asumir que eso era la vida, que Peter Pan se tenía que hacer mayor y criticar a los otros niños perdidos para sentirse mejor consigo mismo, y pasarse horas sentado en una oficina haciendo clicks y tecleando basura, que no interesaba ni a la Administración.

Un jueves me iba a poner a comer en la oficina y de repente no sentí nada. No tenía hambre, no estaba cansada, no estaba enfadada, frustrada, contenta, tranquila, triste. No estaba nada. No sentía ansiedad, con la que llevaba conviviendo, yo a mi rollo y gestionándola con herramientas sacadas de otras experiencias de gente cercana a mí y con google. No sentía que iba a sentarme y a romper el ordenador, y gritar y volverme loca perdía y salir corriendo de aquel parque empresarial, como otras veces había pensado. Simplemente no sentía nada. No tenía presente, ni pasado, ni futuro, no conseguía recordar nada bueno ni malo que me había pasado, no conseguía identificar las cosas a mi alrededor. Después me enteré que eso se llamaba despersonalización y desrealización. Realmente es como si tu yo se apagara por completo. A mi me duró unas cuatro horas, en las que no recuerdo nada, peor que cualquier droga que me haya metido. No sé ni cómo conseguí coger el metro porque era como si no supiera ni leer.

Ese viernes contacté con una clínica para pedir cita al psiquiatra porque se me estaba llendo de las manos. Ese viernes, al salir del trabajo, e intentar coger el autobús para llegar a mi barrio, volví a sentir que tenía el lunes pegado a la oreja, volvía a rumiar y a darle vueltas a todo y a nada. Al cruzar un paso elevado, sentí que me tenía que tirar. No del rollo que te asomas a una ventana y te preguntas que pasaría si me tirase, que eso lo he pensado alguna vez de jajas. No se parecía en nada a eso. Sentía que me iba a tirar, ni siquiera que me tenía que tirar. Crucé corriendo y llegué al otro lado más asustada que cuando te pasas y te empiezas a acojonar con que vas a acabar en el hospital. No sé que pasó ese fin de semana, pero el Domingo al levantarme no podía parar de pensar en el lunes, todo esto controlando una ansiedad que ya no sabía como parar. Llevaba días casi sin comer.

Ese Domingo me puse de Valium de buena mañana y me acosté a las once. No podía dormir y no paraba de darle vueltas; estás haciendo lo que quieres hacer, mañana vas a ir porque quieres ir, no lo odias tanto, no estás haciendo algo tan miserable como parece, las horas van a pasar tan rápido como han pasado el viernes y sábado, pronto llegará el viernes otra vez, vas a tener quince días de vacaciones en verano. De repente esas frases no servían y un pensamiento, el primero lúcido, brillante, tangible, se me cruzó por delante. No vas a ir mañana. Lo que estás haciendo es ridículo, no merece la pena vivir de esta manera por 800 euros de mierda, prefiero estar haciendo cualquier otra cosa a estar en esa oficina desperdiciando mi formación vendiéndola barata, prefiero trabajar en algo para lo que no haya estudiado pero que no me haga sentir así.

Nadie me montó ningún pollo. Nada pasó de lo que yo creía que iba a pasar al tomar esa decisión, nadie me llamó fracasada o me miró con cara de preocupación y conmiseración, nadie cuestionó mi decisión. Nadie que me importara, claro.

Ese Lunes, por supuesto hasta arriba de Lexatín, volví a querer hacer cosas. Ahora que ha pasado un tiempo, tengo proyectos estrambólicos en los que trabajo con ganas, ahora no tengo planificación hasta Septiembre, porque no quiero tomar decisiones. Pero ahora no me importa. Ahora no entiendo la vida como la entendía antes. A lo mejor no sé lo que quiero hacer, pero por lo menos soy feliz y sé desde luego lo que no quiero hacer. Gano dinero como puedo, no tanto como esos 800 euros-tanto, madre mía lo que ha hecho la precarización en este país-, pero para vivir me da.

Si puedes, deja el trabajo cuando quieras. No esperes a que te cambie por dentro, a que desencadene dentro de ti mierda por un tubo. Las opciones son infinitas, no es ni la primera ni la última oportunidad de tu vida, no te sientas gilipollas por desperdiciar eso que parece casi un animal mitológico, que es un puesto de trabajo cuando tienes 23 años en este país. Contándoselo a mi abuela me dijo que yo no la defraudaría ni aunque me fuera a una comuna a plantar lechugas. Pues eso.

Siempre nos quedará irnos a plantar lechugas.

Por: RAF Tomaten

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