¿Cómo celebrar el día del libro debajo de un puente?


Necesitaremos: una asociación vecinal fuerte y dispuesta a colaborar, una radio comunitaria encargada de la BSO (Onda Merlin Comunitaria), una asociación cultural llamada ¡Hostia un libro!, un grupo de música Country-Folk-Gipsy (The Dawlins) y un puñao de microeditores dispuestos a pasarse el día debajo de un puente difundiendo sus ocurrencias. De paso y por no faltar a la tradición también se leyó un rato el Quixote, primero Manuela Carmena, más campechana que Juan Carlos, luego otros vecinos del barrio de todas las edades.


¡Hostia un libro! lleva demasiada tralla, tanta como para hacerles varios artículos, así que como resumen diremos que son un grupo de colegas y que todo surgió como algo relacionado con la edición y los guantazos. La coordinadora, Elisabeth Falomir, ha sido entrevistada en El País, así que recurrir ahí si queréis más información. El festival rondaba sobre la idea de creación de redes y la autogestión, que implicasen tanto a vecinas como a las editoriales, a los niños, para los que se trabajó en un taller de creación de fanzines, al taller de jóvenes fanzineros de San Cristóbal, y al apoyo a las pequeñas editoriales cediéndoles un espacio en el evento sin cobrarles un duro.

IMG_6642'1De mañaneo fueron apareciendo los editores, de todos los colores. Por citar algunos estaban Baltasar y Franco, que se dedican a editar comics polémicos que conseguirán que algún día les imputen si llegan a ser concejales. Por otro estaban ilustradores independientes que pintaban en todo lo que caía en sus manos (camisetas, bolsas, láminas, pines, merchandising etc) y en colectivo como Bistec Negro. Por otro lado había fanzineros transversales más o menos politizados como Cuarto Asalto y otras baterías de textos inclasificables. Conclusión, macedonia en estado puro.

Los beneficios de la venta de fanzines se dedicaban a sacar otros fanzines y a financiar otros proyectos de letras y dibujos. La atmósfera por tanto no se parecía en nada a la Feria del Automóvil ni a la del Móvil. Podríamos decir que entre los mismos editores había compra compulsiva. Se crearon redes, se establecieron contactos, las conversaciones se dirigían a recomendaciones sobre imprentas buenas y malas, proyectos fracasados y proyectos en auge, experiencias personales y colectivas… Se respiraba un aire muy cargado de ilusión y creatividad. Los editores no se enriquecieron económicamente pero creemos que sí editorialmente.

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Como en toda fiesta, no podía faltar la gastronomía, el objetivo era disfrutar del evento y sacar nuestro lado más solidario con la Social Money Maker ¡La máquina de hacer dinero existe y no te habías enterado!, la idea consistía en llevar comida para el banco de alimentos de San Cristóbal, y por cada kilo de comida obtenías billetes de curso legal en todos los puestos del mercadillo fanzinero, una idea con la que ganamos todos.

De repente, no sabemos cómo surgió, pero había paella y Mahou para todos, lo que llevó a un extraño pero pacifico enfrentamiento entre valencianos y madrileños que se alargó con la digestión en la Rivendel Drawin Figthers, una feroz batalla con pincel en mano entre ilustradores de la ciudad del bocadillo de calamares y la ciudad del Turia. Se pidió a los asistentes que escribieran una frase en una servilleta para que una mano inocente sacara una y esa fuera la idea sobre la que pintar en el combate. Entre las frases destacaremos “Apocalipsis de China”, ideado por una niña que declaró para Arrieritos Somos de que la idea la había sacado de un cuadro de Picasso llamado Apocalipsis (no podemos contrastar la veracidad de nuestros informantes). Otras eran “Gracias por su visita” (recordemos que se escribían en servilletas de estas impermeables de los bares), “A caballo regalado no le mires el diente” y “La revolución de las piñatas”, esta última fue representada por Victor Solana con un Bob Esponja enarbolando la bandera de Francia. Algunas fueron rechazadas porque me vas a contar tú a mi cómo pintas en diez minutos “Gracias por su visita”.

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Arte escrito, arte gráfico, música, ilustración y creación, confluyeron debajo del Puente de los Colores, así como todas las personas. Allí cabían todos. Lo que un entendido llamaría arte total. El festival también contó con un señor que en principio pensábamos espontáneo, luego descubrimos que formaba parte de la organización y que lo que eran espontáneos eran sus comentarios.

“ Pero bailar, hombre, que es la calefacción de los pobres”

The Dawlins, son cuatro músicos que con sus sus banjos, contrabajo, guitarra y cajón y con el rollo missisipi-country-jazz (fusiones bailongas) se encargaron de cerrar el festival y dejarnos muy buen rollo. Entre canción y canción dejaron una cita que no va a aparecer en los collages de Paulo Coelho pero que nos aplicaremos:

“ Hazle caso a tu intuición porque siempre tiene la razón”

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A pesar de ser la primera edición, no fue ni de lejos un desastre. La organización era excepcional, las vecinas y vecinos se implicaron completamente y los colectivos invitados y participantes tenían muchísimo nivel. Animamos a los organizadores a repetirlo el año que viene, por el éxito que ha sido y por la buena acogida entre los vecinos.

Este evento ha dado más vida a la cultura que muchas programaciones culturales institucionales y verticales, que no se acercan a los barrios y consideran la cultura un nicho económico más y atractivo turístico, más que lo que es en realidad, una expresión popular y autogestionada.

Fotos de Lucía Gris.

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