Democracia no, gracias

¿Os acordáis de lo de que está bien que el pueblo decida cosas ? Pues es mentira. El derecho a decidir es mentira. Es mentira para la Generalitat, quiero decir. No lo quieren ver ni en pintura. Es todo propaganda de la buena. Ya os dije que debajo de todo esto de la Cosa catalana, había un genuino pánico «a la idea, al concepto, a la mera posibilidad de que la masa elija cosas». Hola, soy Ana otra vez y vengo con cosas para que penséis.

¿Sabíais que hay una vía legal, constitucional y más o menos facilona de haber realizado el referéndum/consulta/loquefuere?

Una reforma del reglamento del Parlament. Y ya está. Democracia directa, así como por arte de magia. Los magos que se ofrecieron a sacar ese conejo de la chistera son Juan Moreno Yagüe y Francisco Jurado. Aquí explican el truco.

Esta idea era un bombazo. Un bombazo tan democrático, tan de derecho a decidir, que al Parlament le dio canguelo. No le vayas a dar demasiado poder al pueblo, que luego se viene arriba.

Os cuento la idea, así en formato para parlamentarios simple. El sistema político que tenemos (democracia) se basa en la idea de que la soberanía reside en la ciudadanía. Para los de la LOGSE: la peña decide sobre cosas. Para los jipis: Power to the people, como diría John Lennon.

¿Y esto cómo se hace? Fácil: la gente vota las cosas (leyes). Originalmente, se junta todo el mundo y vota directamente. La idea es bastante vieja, seguro que os suena de cuando los antiguos griegos. Democracia directa. Simple, ¿eh? Pero claro, tiene sus limitaciones. A ver cómo juntas a una ciudadanía de millones para que delibere y vote. Como somos muchas y no entramos todas en el Parlamento, pues a alguien se le ocurrió lo de la democracia representativa. Delegas tu poder de voto en otro, entre otras cosas. Y otros muchos hacen lo mismo, así que ese «otro» representa a varios ciudadanos. Se elige a un puñado de otros para que hagan eso y ahí tenéis el Parlamento. Para cosas muy muy importantes, la ciudadanía se reserva el poder de voto (una reforma de la Constitución, por ejemplo).

A día de hoy, la participación política directa de la ciudadanía se limita al referéndum y a la iniciativa legislativa popular. Ambas limitadas por el ejecutivo y el legislativo, respectivamente. Es decir, que si los representantes no lo consideran oportuno, la ciudadanía no participa. Es más, el principio de la representación está grabado a fuego y parece inmutable. No se toca. No se discute. Que de parlamentario se vive muy bien.

Vale, no cabemos todas en el Parlamento.

Pero estamos en el siglo XXI. No hace falta estar físicamente en el Parlamento para votar (los propios parlamentarios pueden hacerlo online si están de baja). Otra historia es el trabajo de elaboración de las leyes, discusión y demás. Imaginaos la movida y el tiempo y energías que requeriría de cada una de nosotras. Vamos a quedarnos con lo de votar.

Se pueden hacer muchas cosas por internet. La Declaración de la Renta, por ejemplo. No es tan loca la idea de que la ciudadanía pueda votar directamente por internet. La UNED elige a su rector/a así. El Ayuntamiento de Madrid está avanzando en esa línea con lo de Decide Madrid. Y en la ley aquella de consultas populares en Cataluña (Ley 10/2014) que tumbó el Constitucional, se contemplaba la participación ciudadana por vía telemática (art. 28).

El truco de magia es hacer una reforma del reglamento del Parlament para que lxs ciutadans puedan votar, cuando así lo deseen, las decisiones que adopte la cámara. Súper democrático. Para que esto sea factible, se habilita un sistema telemático para emitir el voto. Además, se propone un reajuste del peso del voto de los parlamentarios en relación al número de ciudadanos que participen. Por ejemplo, si vota toda la ciudadanía, el voto de los parlamentarios no vale nada porque no queda a quién representar –contaría el voto de los representantes como un voto de un ciudadano cualquiera–.

Esto a los parlamentarios les dio miedo. A nadie le gusta perder poder. Así que la idea se fue al cajón. Es como con la propuesta de reducir el sueldo de los parlamentarios. Evidentemente, votaron que no.

Decidir de manera no vinculante (opinar, vamos) sobre la Cosa, vale. Decidir sobre cosas, ni de coña, amigas.

Mierda, al final resulta que todo esto era una guerra de narrativas entre poderes políticos y en ningún momento se quería que el pueblo decidiese. Propaganda, propaganda everywhere.

Democracia sí, pero la justa.

 

Ana Ideia

El Progreso y el Procés, Hostias y huidas

Hola otra vez. Hoy vengo con actualidad y filosofía. A la teoría política vuelvo cuando se calmen las aguas. Y encima vengo radical. Radical de verdad, no de pasamontañas y cóctel molotov. Radical de ir a las raíces, a eso que está muy muy en el fondo que nadie le hace caso. Venga, al tajo. Se oye mucho últimamente lo de la «huida hacia adelante». Esa expresión, más o menos común en el lenguaje pseudo-político español, que usamos para referirnos de manera elegante a seguir tirando pa’lante como un borrico, a ver si con un poco de potra, esto se arregla. Y esto es, básicamente, el pensamiento Occidental resumido en una línea: El progreso arregla las cosas.

Lo de la Cosa catalana es, más que huida, una caída hacia adelante. Un precipitarse en el vacío. Muy moderno esto –moderno de la Modernidad, no de Malasaña–. Muy al vacío, de cabeza, con todo el equipo; porque, parece que sí, que la DUI va pa’alante. Y este tirar pa’alante no es sólo un colocón de testosterona. Tiene más miga el asunto. Este lanzarse hacia adelante es porque, amigas, vivimos en un mundo que se piensa desde el futuro. Es quizá uno de los rasgos más característicos de la Modernidad que seguimos arrastrando.

 

La interpretación del presente no se hace desde el mito anclado en las nieblas del pasado. La Historia ya no vale para predecir lo que vendrá, sino que lo que vendrá valdrá para entender lo que fue. El presente se piensa por los efectos que tendrá en el futuro. Será el futuro el que juzgue. El presente no es tanto consecuencia del pasado sino preludio del futuro. Como decía Hegel, la realidad es la posibilidad de lo que sigue. Un futuro dormido que tratamos de despertar. Es aquello de la historia me absolverá de Fidel. Vamos, que la comprensión total del presente sólo podrá hacerse desde el futuro, cuando el polvo del tiempo se haya asentado. Para los de la LOGSE: de todas las juergas que te pegaste en la universidad no sabes cuales son las mejores hasta que no las miras con la distancia de los años, pero por si acaso, te la agarras todos los findes.

parece que sí, que la DUI va pa’alante. Y este tirar pa’alante no es sólo un colocón de testosterona.

¿Y qué narices tiene que ver todo esto con Cataluña, Ana? Pues que tener esto en cuenta vale para entender un poco más el percal. Son los fines, los resultados, y no el origen, los que informan ese punto en el que se encuentran pasado y futuro al que llamamos presente. Que lo que le da sentido al presente es el futuro; y hasta que no llegue, no cobra sentido. Es decir, que vivimos en un sinsentido constante.

A ver si me explico. Que lo que están haciendo los fantoches estos respecto a la Cosa, tendrá sentido desde el futuro. Que no tiene sentido en el presente. La modernidad tiene esa obsesión por el progreso, por ir hacia adelante, por el futuro. Todas las soluciones se encuentran allí. Huir hacia adelante es lanzarse hacia ese vacío que es el porvenir. No tanto caer, sino precipitarse.

Como hemos perdido el pasado como referente, este nuestro tiempo es un constante improvisar. Es un andar a tientas porque no vemos hacia dónde vamos. No vemos dónde estamos hasta que no avanzamos y lo miramos desde el futuro. Las respuestas, pues, están siempre un paso más allá. Todo este precipitarse es, en definitiva, querer llegar antes al futuro para así intentar alcanzar un sentido que nunca termina de llegar. Como cuando eres txiki y empiezas a fumar porque quieres ser mayor, pero no tienes ni idea de lo que estás haciendo. Te precipitas a la adolescencia en una descontrolada improvisación porque crees que el futuro es mejor.

Proclamar la DUI es precipitar el futuro –qué épico suena esto, ¿eh?–. Es forzar la máquina hacia adelante porque el presente no tiene sentido, a ver si en el futuro lo encontramos. Pero si la fuerzas demasiado, se rompe, descarrila y ya no entiendes nada. Si no sale mal del todo, la DUI provocará una cadena de eventos –desconocida aún–, que podría llevar en un futuro no demasiado a cercano a una solución territorial y, quizás, política para España. O no.

La modernidad tiene esa obsesión por el progreso, por ir hacia adelante, por el futuro. Todas las soluciones se encuentran allí. Huir hacia adelante es lanzarse hacia ese vacío que es el porvenir.

A veces sale mal. O, mejor dicho, tarda demasiado en salir bien. Ya sabéis, todo cobrará sentido en el futuro. Cómo de lejano esté ese futuro ya es otra cosa. Las revoluciones adolecen un poco de esto. Su verdadero efecto es a largo plazo. Son una de las cosas más modernas que hay, esto de las revoluciones. El revolucionario dinamita toda conexión con el pasado, creando un vacío al que debe lanzarse en una necesaria improvisación. Ortega decía que esto era lo que las condenaba irremediablemente al fracaso. Vulneran uno de los derechos más básicos del ser humano: el derecho a la continuidad. Que en terminología sociológica moderna es joder con la seguridad ontológica del personal.

Vamos, que cuando vas muy rápido y se precipitan mucho las cosas, te estalla el tema en las narices porque a la gente no le van los cambios bruscos. Echad mano al libro de historia más cercano que tengáis y veréis que cambio social repentino = problemas. Da igual que el cambio sea a mal o a bien, si agitas mucho las cosas la situación se termina poniendo chunga. Es como conducir un coche. Si pegas un volantazo a la izquierda luego tienes que meter uno a la derecha para compensar un poco (acción-reacción) y en el proceso seguro que alguien se da un cabezazo con la ventanilla o tira media yonkilata por el asiento de atrás. Aunque tardes un poco más, es mejor girar con calma.

Volvemos a la Cosa. Lo del lunes va a ser un volantazo –o una amenaza de darlo–, veremos si patina o no. A la Generalitat no le interesa que el coche patine y se salga de la carretera. Pero sí que se precipiten cosas. Tristemente, el apoyo social que le falta a la Cosa  se puede ganar con violencia estatal. Las porras de la Nacional son una varita mágica para crear indepes y me temo que se van a precipitar un montón en el futuro si esto sigue así.

Tampoco interesa que la Cosa se desborde. Lo del «desborde» es que se salga de los cauces marcados por el Govern. Que la Generalitat pierda el volante y la cosa se vaya de madre. Que la sociedad, en definitiva, sobrepase a sus instituciones, innove y adopte rumbos no esperados. Por el momento no va a pasar. Para que algo desborde, tiene que diluviar. Y sí, el domingo cayeron chuzos de punta (literalmente, además), pero no es suficiente. Las aguas del pueblo están encauzadas. Cuando las autoridades catalanas mandan, el pueblo de momento obedece. Pueblo que, por cierto, debe de tener alzheimer o algo. Se ha olvidado de todo. Los recortes ya no existen, la gente incluso vitorea a los mossos…  Una vergüenza.

En fin, que me enredo yo sola. Yo venía a contaros que esta frenética «huida» hacia adelante es, de fondo, porque somos hijas de la modernidad y corremos a ciegas en el vacío improvisando cada paso en busca de sentido. Igual os parece un sinsentido. Igual nada tiene sentido. Qué sé yo. Qué más da.

Una cosa sí sé: Agarraos que vienen curvas. Agarraos que viene el futuro.

 

Ana Ideia

 

Preguntar antes de decidir

Vengo a haceros pensar, a lanzaros preguntas para que rumiéis un poco. Demasiadas afirmaciones sin reflexión hay por ahí. No vengo a daros respuestas, lo siento. Muchas certezas se andan segando estos días, yo vengo a sembrar preguntas para que crezcan dudas. La que duda, camina despacio y se fija por dónde va.

Quiero hablaros de cosas muy grandes y abstractas como pueblo y nación. Quizá, más tarde, de territorialidad e identidad. Pero empecemos con uno de los temas de moda, que de tanto mentarlo le van a gastar el nombre: El derecho a decidir. ¿Qué es el derecho a decidir? Lo primero: aquí hablamos de derecho no como norma jurídica –no habría tanto debate si fuese una– sino como condición de poder tener o exigir algo que se considera éticamente correcto y, por ende, independiente de un ordenamiento jurídico concreto. Empezamos mal, lo de definir lo éticamente correcto es un marrón.

Siendo un poco tautológicos, el derecho a decidir es la condición de poder exigir decidir, porque es bueno, correcto. Vamos, la autoridad moral de poder exigir el poder decidir. Lo dicho, cuando aparecen el bien y el mal de por medio, la cosa se enfanga, porque a ver quién se considera con la autoridad para definir esas cosas.

Pero bueno, vamos a asumir que vale, que bien, que decidir es bueno, está bien. ¿Decidir qué? Decidir cosas. Pero… ¿qué cosas? Porque claro, lo de que tenemos derecho a decidir (algunas) cosas es evidente. Yo decido qué camiseta me pongo hoy, por ejemplo. Salvo que tenga que ponerme el uniforme para ir a trabajar, que entonces la decide el jefe. Bueno, decidí coger un trabajo con uniforme. Así que la decisión en el fondo es mía, ¿no? Aunque no había más trabajos y hay que comer, así que la capacidad de decisión se limita. Vaya. Se complica la cosa. Capacidad de decisión. ¿Y esto? Que tengo derecho a decidir cosas, pero las opciones entre las que elegir no las pongo yo. Vamos, que si sólo hay una, la decisión está hecha. Y claro, también hay cosas sobre las que no tengo derecho a decidir. Como por ejemplo qué camiseta te pones hoy. Salvo que tengas cinco años y yo sea tu madre. O que trabajes para mí y te diga que tienes que llevar uniforme. Un poco fluido esto del derecho a decidir cosas.

Vamos con el derecho a decidir que está de moda. El de los catalanes. Los catalanes tienen derecho a decidir cosas. Bueno, no. Cosas no. Eso es plural. Muchas cosas, mucha incertidumbre. La incertidumbre no es buena. Aquí, cosas, es más bien La Cosa. La Cosa es la independencia de Cataluña (¿esto qué es? -volveremos luego). Pero no de cualquier manera, no. La capacidad de decisión es limitada aquí también. Vuelvo a las camisetas. Hay dos en el armario: una un poco apolillada, la de toda la vida que te regalaron en el 78 y que te queda pequeña; y una envuelta, que no sabes cómo te queda ni qué pinta tiene, pero en la etiqueta pone Estado independiente en forma de república. No está mal, sonar suena muy bien. Por lo pronto es nueva y sin polillas. Pero la verdad es que el tipo ese de la tienda de PDeCAT que te la vendió no daba muy buena espina.

Bueno, entonces, lo del derecho a decidir viene a ser que está bien que los catalanes tengan el poder de decidir si Cataluña se vuelve un Estado independiente en forma de república o no. Pues molt bé, ¿no? Pero hostia. ¿Por qué sólo los catalanes? Yo también quiero tener derecho a decidir si quiero una república o no. Ah. Espera. Shhh, que esto no va de la monarquía. Esa caja de Pandora no la abráis. Entonces lo de la república no es muy relevante, aquí la esencia es lo de ser un Estado independiente. ¿De derecho? ¿Democrático? ¿Social? No lo pone en la etiqueta. Pero suponemos que sí, ¿no?

Está un poco difuso sobre qué deciden, pero la base está ahí. Quieren decidir si se van o no. ¿A dónde? -A saber. Problema de los que se van, la verdad. Pero ¿quiénes son los que se van? Tenemos un derecho pero nos falta el sujeto titular de ese derecho para poder saber, por ejemplo, sobre qué  puede ejercer ese derecho. Vamos, que ¿quién decide? ¡El pueblo catalán, hombre, que no te enteras! Ajá. El pueblo catalán. ¿Y ese quién es? Y encima dice Rufián (el de las camisetas de Harry Potter) que no sólo el pueblo catalán, que ya que nos ponemos a decidir cosas, que los andaluces, los castellanos, los gallegos y los vascos también está bien que decidan cosas. ¿Y los valencianos qué? ¿Estos no? ¿Será que como hablan parecido a los catalanes son pueblo catalán? Menudo lío con esto de los pueblos decidiendo cosas y gente decidiendo quiénes son los pueblos.

Por partes. Entonces, quedamos en que está bien que los pueblos decidan cosas. Ah, pero esto me suena. Para esto hay norma jurídica, hombre. Se llama derecho de libre determinación de los pueblos, derecho de autodeterminación para los amigos. Esto es gordo. Gordo de verdad. Gordo nivel principio fundamental del Derecho Internacional público – poca broma–. Los Pactos de Nueva York, la ONU… gente importante que decide sobre cosas, cosas importantes –¿y el derecho a decidir de éstos de dónde sale?–, dice que sí, que los pueblos tienen ese derecho. ¿Y entonces si es lo mismo por qué lo llamamos derecho a decidir? ¿Igual no es lo mismo?

por whatsapp no, que somos gente adulta y no nos llevamos tan mal, así que vamos a sentarnos a hablar las cosas.

Sea como fuere, parece que el derecho este –el de autodeterminación, que es como más concreto que eso de «decidir cosas»–  tiene legitimidad, que no hace falta ponerse a discutir sobre el Bien y el Mal. Hay señores importantes que dicen que está bien. Menudo alivio. Un problema menos.

Vamos con lo de los pueblos, pues. En esto los señores importantes dicen que a ver, que no todos los pueblos tienen derecho a autodeterminar su secesión. Que sólo algunos: coloniales, invadidos o duramente abusados por el poder estatal. Que si no se cumple eso, no te puedes autodeterminar a la torera, que para algo vivimos en democracias y lo de hacer las cosas unilateralmente no está bien. Es como dejar a tu pareja por whatsapp, está feo, salvo que sea un maltratador, entonces sal por patas. Quizá la mejor reflexión en términos jurídicos o, al menos, la más detallada, es la que hace el Supremo de Canadá sobre Quebec. Viene a decir que por whatsapp no, que somos gente adulta y no nos llevamos tan mal, así que vamos a sentarnos a hablar las cosas.

Entonces, los pueblos estos que pueden decidir cosas pero no autodeterminarse, ¿qué son? Aquí, damas, caballeros y personas de género no binario, viene el problema de todos los problemas: ¿Qué es un pueblo? ¿quién lo integra? ¿Es sinónimo de nación? En mi humilde opinión, es un palabro que no vale para nada, salvo para confundir, porque vale para cualquier cosa, que es casi peor. Es tan ambiguo que hace falta ponerle etiquetas para que quiera decir algo concreto. Un poco como con ese otro palabro tan grande que está también de moda: democracia.

Vamos a ello. Parece que pueblo es un grupo de personas. Un grupo grande. Grande y más o menos homogéneo o con algún rasgo que permite distinguirlo de otros grupos/pueblos. Pero esto de pueblo es diferente de multitud y muchedumbre, que también son grupos grandes y distintos. ¿Y a qué viene esto? Pues a Spinoza, Hobbes y la construcción del Estado moderno y de todos esos conceptos tan bonitos que nos gusta usar sin dedicarles mucha atención porque las cosas sin definir del todo son más útiles políticamente. No me voy a meter a resumir aquí siglos de teoría política. Además, con el panorama posmoderno que tenemos a nadie le importan ya estas cosas. Así que, así muy rápido, en tamaño tuit y con el perdón de Spinoza y Hobbes: La multitud es una pluralidad de voluntades singulares en la escena pública, sin convertirse en una unidad, en una única voluntad, decía Spinoza. A Hobbes esto de la pluralidad le parece un peligro, nada de multitudes. A Hobbes le pone el rollo unitario, fuerte, centralizado. Aquí es dónde entra el pueblo contra la multitud: nada de pluralidad de voluntades, ¡ni que esto fuese una democracia! El pueblo se caracteriza por tener una única voluntad, personificada en la figura del soberano e identificable con la forma política del Estado.

Digamos que multitud es un poco como manada  y pueblo como rebaño. No sé si estáis notando lo turbio de los principios del concepto pueblo y su importancia política. Por eso los Estados homogeneizan a su población en términos de lengua, religión, referentes culturales, históricos, etc. Así es más fácil una voluntad unívoca, si todos somos iguales, todos pensamos igual. Los Imperios, por ejemplo, no jugaban a esto. No eran una apisonadora cultural. Absorbían todo y estaban compuestos por múltiples pueblos, religiones, culturas… con algún elemento de filiación mínimo les valía, no hacía falta homogeneizar a nadie. España, por cierto, ha sido en ese sentido históricamente más imperial que estatal, por eso existen nacionalismos dentro del país; a diferencia de, por ejemplo, Francia.

Uy, que me enredo. En resumen: un pueblo es un agregado humano que comparte una lengua, religión, historia, tradiciones, etc. que lo hacen uno y distinto de otros. Es, además, un sujeto histórico, a diferencia de una multitud. Sigue siendo algo muy muy ambiguo, porque se puede hablar, parece, del pueblo leonés, del pueblo español y del pueblo europeo. Pero no son comparables, son diferentes niveles de homogeneidad, de elementos compartidos. Un poco más claro esto de pueblo pero tampoco mucho, ¿no?

Ya que nos hemos metido en este berenjenal, vamos con su prima-hermana: la nación. ¿Es lo mismo? Pues no exactamente. Para algunos prácticamente sí, es su hermana mayor, y para otros no, no están emparentados. La diferencia fundamental es el carácter político del asunto. Una nación es un sujeto político, El Sujeto político si hablamos de Estados. Un pueblo no. Para algunos, una nación es (sólo) una comunidad política, sólo hace falta la voluntad de los sujetos de constituirse como tal para tener una nación. No hace falta homogeneidad ni cosas de esas. Es la concepción de ‘nación’ detrás de la Revolución Americana. Una nación es un conjunto de personas que deciden dejar de ser súbditos para convertirse en ciudadanos, formando un sujeto político autónomo. Fin del asunto.

Digamos que multitud es un poco como manada  y pueblo como rebaño

Pero luego vinieron los románticos a reventar el liberalismo y a construir la idea de nación tal y como la conocemos. Cogen la idea de nación como sujeto político y le meten todo el tema subjetivo-sentimental identitario politizando el concepto de ‘pueblo’. Cada pueblo es una comunidad política a la que le corresponde una nación. Es un combo de ente cultural, histórico y ético-político –a veces también étnico–  que da muchos problemas. Es decir, la nación es una comunidad cerrada cuya pertenencia se define sobre una base identitaria de elementos histórico-culturales; para ser ciudadano tienes que cumplir ciertos criterios, si no los cumples no puedes pertenecer a la nación.

La hostia de peligroso esto, eh. Muchos potenciales problemas de exclusión y discriminación al construir la comunidad política así. El concepto de pueblo es más fluido, menos monolítico. Uno puede sentirse parte de distintos pueblos, en diferentes escalas y con diferentes implicaciones, utilizando diferentes criterios para definir un pueblo u otro, sin que haya un conflicto identitario. Con lo de la nación esto no vale. Por norma general, uno no puede ser parte de dos o más naciones.

Las naciones las entiendo yo (y muchos otros, la idea es de Benedecit Anderson) como una comunidad política imaginada, limitada y excluyente. Y como tal, no existe más allá de la imaginación social. Una nación es, a fin de cuentas, lo que los nacionalistas dicen que es, lo que ellos definen como tal. Frente a pueblo, la identificación nacional es mucho más sentimental e irracional porque está ligada a la construcción de la propia identidad y encima tiene consecuencias políticas.

La cosa va un poco así: el pueblo adquiere conciencia de sí mismo como sujeto histórico-político, forma objetivos compartidos (lo de la voluntad única y tal) y se convierte en nación. ¡Tachán! ¡Magia! Para los de la LOGSE: una nación es un grupo de personas que se cree que forma una comunidad distinta de otras porque comparte elementos culturales/ lingüísticos/ religiosos/ históricos/ étnicos; tan distinta de otras que tiene un proyecto político propio y que para lograrlo tiene que constituirse en un ente soberano e independiente, es decir, un Estado.

¿Catalunya es un pueblo y/o una nación?

Es un pueblo, eso es difícil de discutir. Demasiado margen nos da ese concepto como para discutirlo. Lo de nación ya es más complicado. Depende de cuánta gente se lo crea, básicamente. Si hay suficiente gente que considera que no son sólo un pueblo, sino una nación porque tienen un proyecto político incompatible con el del resto de los españoles y que no se puede ser catalán y español a la vez, porque son cosas distintas e incompatibles, pues sí, son una nación. Una movida, esto de los constructos sociales.

Me vais a decir que qué es eso de creer, que no, que la nación existe de verdad al margen de lo que se crea o no. Que la historia, que la cultura, que… Mira, el pueblo catalán igual sí que se puede decir que existe al margen de creencias. Depende de cómo lo definas: los que hablan catalán, los que nacieron en Cataluña, los que viven en Cataluña… Pero la nación nace de la creencia compartida en su existencia. Si la gente no se lo cree, no existe. Para que aparezca una nación tiene que venir alguien que coja un puñado de elementos historico-lingüístico-culturales, construya un relato nacional con ellos, se lo venda a la gente y alguien se lo compre.

Recapitulando. Los pueblos pueden decidir cosas, está bien. Pueden decidir que se consideran nación. Pueden decidir que dentro de sí mismos hay otros pueblos y que esos pueblos quiere cada uno ser una nación diferente. El pueblo kurdo, por ejemplo, rema en esa dirección. Pueden decidir que no quieren ser una nación independiente, que su proyecto político es parte de otro compartido con otros pueblos porque juntos forman un pueblo más grande. Muchas opciones para decidir, no sólo dos camisetas.

Pero antes de que el pueblo decida cosas, alguien tiene que decidir quién es el pueblo. Tú si decides, tú no decides. Cuando ya hay una comunidad política autónoma que se identifica con el pueblo, está fácil. El pueblo español = los nacionales españoles. El Estado, guardián de la comunidad nacional, define esa nacionalidad y dice tú sí, tú no. Pero cuando hay problemas y el pueblo tiene que decidir sobre esas cosas, suele ser cuando el pueblo no forma una comunidad política independiente (un Estado). Dos escenarios posibles: el pueblo que quiere decidir cosas está dentro de un Estado con otros pueblos o forma parte de un pueblo más grande; el pueblo que quiere decidir cosas está esparcido por varios Estados. Puede venir otro desde arriba a decir quiénes forman el pueblo, desde el propio Estado o puede venir de dentro desde el propio pueblo.

¿Y cuál es el criterio que se usa para esto de «tú sí, tu no»?

Con pueblo depende. Depende de cómo se esté definiendo. Pero si hablamos de nación, invariablemente es la territorialidad. Que llevo evitando mentarla porque es otro marrón gordo. Como lo del pueblo como agregado humano con elementos históricos/lingüísticos/culturales comunes es un poco fluido y muy difícil de precisar y hacer un censo con él, se opta para definirlo o bien por la etnia o por la territorialidad. La comunidad imaginaria se asocia a un espacio físico y desde ese territorio se crea el relato nacional, tanto para interpretar la historia, como el presente como el futuro. Hay varias maneras para definir la pertenencia a un territorio y por ende al pueblo/nación asociado. Desde criterios tan laxos y variables como la residencia (que es el que se está usando en Cataluña), a otros invariables como el lugar de nacimiento o la territorialidad de los padres.

O sea que… ¿tanta hostia con la historia, la lengua, la cultura y demás y al final lo que más cuenta es en qué terruño tuvo a bien tu madre darte a luz? ¿O, menos trascendental incluso, dónde estás pagando el alquiler ahora?

Eso parece. Entonces… ¿la gente que vive en un territorio es un pueblo? Pues sí. O eso dice la Generalitat. Somos así. Las personas somos animalicos territoriales. Para evitar la fluidez de cultura, lengua, historia… las anclamos al trozo de tierra en el que existimos. En nuestra escala temporal, las montañas y los ríos no se mueven mucho, así que son una buena referencia. Los grupos humanos existen en el tiempo y en el espacio. Son nuestras dos principales variables para entender el mundo.

Si nación y territorio son un pack, ahora hay que decidir qué metro cuadrado es del territorio y cuál no, ¿no? Para luego poder decir tú sí, que eres de aquí y tú no, que eres de allí (nótense los referentes espaciales, que pasan tan desapercibidos a veces). Pero esto de la territorialidad de la comunidad imaginaria lo dejamos para otro día.

Vamos a pensar todos esos conceptos en contexto. El ahora. ¿Qué utilidad tienen unos criterios de definición de la comunidad política basados en la pertenencia a un territorio, a un grupo étnico, a una lengua, a una cultura… en un tiempo en el que las sociedades son cada vez más multiculturales y los flujos migratorios son cada vez más masivos? ¿Igual hay que empezar a aparcar lo de pueblo y desempolvar multitud? ¿Igual vamos a trabajar cada vez más con comunidades políticas que no están marcadas por una única voluntad? Todo sin olvidar que ante el ariete posmoderno y el derrumbe las identidades tradicionales se erigen fortines de identidades de resistencia, apuntalados con historia, tradición, religión y otros grandes pilares premodernos.

Os dejo con la pregunta del millón: ¿En base a qué podemos construir comunidades políticas funcionales en este tiempo?

 

 

PD: Próximamente: territorialidad e identidad.

 

 

Ana Ideia

 

El pueblo no está decidiendo cosas

Alguien tiene miedo. Varios alguien tienen miedo. Mucho, diría yo, a juzgar por el comando Piolín desplegado en Barcelona. Tienen miedo de que el pueblo opine. Tienen miedo de que el pueblo decida cosas. Da igual qué cosas. Totalmente igual. Es un pánico a la idea, al concepto, a la mera posibilidad de que la masa elija cosas de manera autónoma. No os confundáis, no es lo que está pasando en Cataluña. El pueblo no está decidiendo cosas. Está contestando a una pregunta (o intentándolo) muy simple sobre una cosa muy muy muy concreta. Pero bueno, es un principio. Es el hermano pequeño de eso otro a lo que le tienen tanto miedo. Es el primer carraspeo que anuncia una neumonía. Y los que tienen miedo están intubando al personal a la primera de cambio antes de que se ponga feo. Mejor prevenir que curar.

La masa decidiendo cosas es una idea que da pánico. Porque si los residentes en Cataluña pueden opinar si quieren una república o no…. ¿a santo de qué no van a poder hacerlo los residentes de Andalucía o de Cantabria?

«¡Oye –me diréis–  pero que el referéndum va de la independencia, no de la república!». No. No va de la independencia. Bueno, sí, la pregunta era esa. Pero no va de eso el asunto. En el fondo fondo no va de eso. En el fondo, va de una parte de la ciudadanía del Estado español, la parte actualmente empadronada en la Comunidad Autónoma de Cataluña, manifestando su opinión sobre qué forma de organización política quiere. Esto es muy loco. Pero mucho. Muchísimo. Es un cambio en las normas del juego.

Chris Mcgrath

Y los que tienen miedo están intubando al personal a la primera de cambio antes de que se ponga feo. Mejor prevenir que curar.

Si la ciudadanía puede, espontáneamente, redefinir (o por lo menos pronunciarse sobre) el modelo de organización política que quiere, ¿quién le impide hacerlo sobre otros ámbitos de la organización social? El pueblo es el titular de la soberanía, como dice nuestra querida Constitución –y otras muchas–, pero no la ejerce mucho. Siempre de manera guiada y canalizada. Todo esto del derecho a decidir, no es sino el pueblo reclamando el ejercer esa soberanía y definir las características de su organización como comunidad política como le venga en gana y cuando le venga en gana, no cuando los pastores del rebaño decidan dejarles escoger.

Los pastores tienen miedo de que las ovejas decidan ellas solas a dónde ir a pastar y dejen sin trabajo a los pastores. De momento, son sólo unas cuantas ovejas decidiendo si se van con otro pastor o no. Pero por algún lado había que empezar a tirar las estacas que forman el corral.

Ya sabéis

 

Si estirem tots ella caurà i molts de temps no pot durar, segur que tomba, tomba, tomba, ben corcada deu ser ja. Si jo l’estiro fort per aquí i tu l’estires fort per allà, segur que tomba, tomba, tomba, i ens podrem alliberar.

 

Foto de portada: Susana Vera (Reuters)

Ana Ideia

Platón y la estadística

      “Las ideas (eidos) no son meras representaciones mentales de las cosas, sino que se encuentran fuera de ellas como causas y fuera de la mente humana; es decir, son aquello que piensa el pensamiento una vez que se ha liberado de lo sensible (…) son el  ser por excelencia (…) son las esencias de las cosas”

            “El 60% de los fumadores mueren a causa de enfermedades relacionadas con el tabaquismo. Deje de fumar.”

Llevo guardando estas ideas desde hace años, desde que empece a estudiar Psicología, y se hablaba de las personas a partir de su porcentaje de neuroticismo, psicoticismo e introversion. Se creaba una gráfica en la que se representaban los niveles obtenidos a partir de un test de personalidad, y se podia predecir de esa persona hasta de que color se iba a poner las bragas un dia soleado.

Yo me quería morir. Todo era totalmente predecible. Estabamos constantemente determinados, y lo peor, habia una mano invisible que tenia el poder absoluto de saber mucho mas de nosotros de lo que nosotros mismos podiamos llegar a saber. Qué mal rollo joder.

El 85% de las personas que obtienen un 60% de extroversion (que esto significa responder un 35% de los items del test con una puntuacion de mas de 7) han demostrado en posteriores revisiones del estudio que su conducta al lavarse los dientes es mirar como salen las rayitas de colores de la pasta de dientes.

A las personas extrovertidas les flipan las rayitas de colores de la pasta de dientes.

A ti, -60% extrovertido- te flipan las rayitas de colores de la pasta de dientes.

Y si no, te fliparan en posteriores revisiones.

El 75% de las personas que hacen ejercicio por las mañanas tienen un 60% menos de probabilidades de morir de un infarto. El 85% de las mujeres que consumen menos de 18000kcal al dia, tienen una esperanza de vida de 6 años más que las que no lo hacen. El 60% de los pacientes enfermos de cáncer se curan tomando Venixaflalina.

Tú, hombre. Tú, mujer. Tú, estudiante, trabajador, anciana, deportista. Sabemos lo que te pasa, lo que te va a pasar. Lo sabemos todo, y esta cientificamente comprobado.

Pero cambio de tema y me voy 25 siglos hacia atrás. O unos años para algunas, a clase de filosofia en el instituto.

Seguro que nos suenan de algo el mito de la caverna, el carro alado y todas esas locuras de Platón, el abuelillo de los cuentos.

La profesora cogía la tiza y dividía la pizarra en dos: “Aquí abajo esta el mundo de la doxa, el mundo en el que vivimos, de las cosas tangibles y que percibimos por los sentidos. Y aquí, -lleva la tiza hacia arriba y escribe EIDOS mientras sigue hablando- , el mundo de las ideas, entes que no podemos percibir, y de las que nacen todas las realidades del mundo que nos rodea. Los eidos son perfectos, son la “cosa” en su maximo exponente, son la realidad en su maxima grandiosidad. Son la verdad.” -Se gira, y da un golpe a sobre la mesa que sobresalta a tu compañera.- “Aquí tenemos una mesa, pero esto solo es una representacion imperfecta de la idea de mesa, de esa figura que flota en el mundo de los eidos y que es la mesa perfecta, la mesa verdadera.” Osea que esta mesa a Platon no le mola nada. Ya. “Platón entendía que para alcanzar la verdad, el conocimiento, era necesario encaminarse hacia la contemplacion de las ideas, y desechar el engaño del mundo del a doxa, de lo terrenal. No dejarse engañar por esta mesa, sino encaminarse para conseguir contemplar la idea de mesa.” Pero profe… “La idea de mesa contiene lo común a todas las mesas que existen, es su abstraccion.” Vale. Subrayo el libro.

Un cuentecito más del hombrecillo barbudo. Hay que ver las cosas que pensaban antes estos griegos. Y que además le tomasen en serio y se montase toda una idea de sociedad a partir de ese cuentecillo. Qué gente esta.

Desde que llegó la ciencia a nuestras vidas, este tipo de cuentos no sirven para nada. Hemos descubierto que no tenian sentido -tampoco era tan difícil-, y hemos refutado cientificamente hasta las mil y una noches.

Aleluya hermanas.

La realidad es una, es esta, y nada de dos mundos ni noseque de Demiurgos. La persona es la persona terrenal, lo que veo aquí, la mesa es la mesa que tengo enfrente. Y la cienca se encarga de estudiar a todas las mesas, a todas las personas terrenales en su mas pura doxa.

Y estudiamos sus rasgos, su anatomía, y el porcentaje de neuroticismo, psicoticismo y extroversion que tienen. Aquí, en la tierra.

Y cogemos a muchas personas, y calculamos sus niveles de hormonas en sangre. Y lo valoramos, y el 75% tienen entre 300 y 1,000 nanogramos. Contamos los pelos que tienen, y la mayoría tienen 4 millones. Y medimos sus niveles de neuroticismo, y las que se pasan de 60, tienen un 80% de posibilidades de sufrir depresión.

Y la persona tiene entre 300 a 1,000 nanogramos de hormonas y 4 millones de pelos y si puntua 65 en un test de neuroticismo, tendrá depresión.

Somos muchas personas en la doxa, y para conocerla, para conocer este mundo que tengo enfrente, tengo que sacar los rasgos comunes de todas ellas y actuar en cuanto a estos rasgos comunes. Actuar en cuanto a lo estadisticamente superior; y el resto son daños colaterales, efectos secundarios, o la excepcion que confirma la regla. Resíduos estadísticos.

La idea de mesa contiene lo común a todas las mesas que existen, es su abstraccion.”

Y despues de conseguir un resumen estadístico de la doxa, se dictan, interpretan y preveen las realidades.

¿Puede fallar esta interpretación? Estadísticamente no. Despues de interpretar y actuar estadisticamente sobre la gran poblacion de la doxa, el resultado se mide tambien estadísticamente.

Y, en el mundo de los eidos, es satisfactorio.

Al estudiarme, a mi, como persona, nunca se me estudia a mi. Desde este punto, se estudia a esa idea de persona. Un monton de variables, categorías ideales creadas estadísticamente, que son por si mismas. Yo no soy mi doxa. No soy yo de quien se habla.

Y como Platón, el cuento se convierte en politica. Todo un sistema jerarquico de poder se sustenta sobre la estadística. Un sistema de control de grandes poblaciones desde puntos altisimos y alejados en la piramide social, que necesita de estas creencias, necesita mirar a los eidos y no fijarse nunca, nunca, en la doxa. Y sobre todo, que la doxa no se mire a si misma y descubra que “es”, sin eidos que le den forma, moldeen, prevean y estandaricen.

Y es que la doxa se mueve, baila, cambia, varía, se descontrola, es realidad por si misma. Y ni es interpretable, ni reducible, ni previsible, ni demostrable.

Y es que nosotras nos movemos, bailamos, cambiamos, variamos, nos descontrolamos, y somos realidades por nosotras mismas. Y no somos interpretables, ni reducibles, ni previsibles ni demostrables.

Parece que la cosa sigue de cuentos, abuelillo barbudo.

UNA CONCEPCIÓN DE LA IDENTIDAD EUROPEA A TRAVÉS DE JÜRGEN HABERMAS

¿ES NECESARIA LA FORMACIÓN DE UNA IDENTIDAD EUROPEA? ¿Y ES POSIBLE?

Desde el momento en el que la idea de formar una Comunidad Europea salió a la luz, los problemas llegaron de la mano de esta. La desconfianza entre las naciones pertenecientes al continente Europeo siempre ha existido, y el hecho de que fuera llevado a cabo un pacto a gran escala como fue el de la Unión Europea no calmó los nervios del conjunto de países pertenecientes a este continente. El proyecto de la unificación de Europa aparece hace más de cincuenta años, aunque hoy en día sigue siendo un proyecto innacabado. Este propósito no se limita simplemente a compartir un espacio económico y monetario, sino también un intento de identificación como individuos pertenecientes a una cultura común; individuos dispuestos a ayudarse los unos a los otros aunque no pertenezcan al mismo país.

Foto

Foto de Guy Le Querrec

   Para poder desarrollar este concepto de unión entre países me remitiré a la obra kantiana La paz perpetua, texto que nos propone un esbozo de lo que será en un futuro la Unión Europea. El mundialmente conocido Habermas, filósofo y sociólogo alemán, analiza en su artículo La idea kantiana de la Paz Perpetua desde la distancia histórica de 200 años el impacto que este escrito ha tenido en la época actual. Kant plantea la noción de derecho cosmopolita, entendido a partir de la hospitalidad universal, es decir, es el derecho de cualquier extranjero a no ser maltratado por formar parte de un país o de una cultura distinta. La situación en la que nos encontramos actualmente se puede entender como un proceso de transcición desde el derecho clásico internacional hacia el derecho cosmopolita tan anhelado en la Unión Europea. A pesar de ello, nunca llegará a ser un transición completa ni favorable para todas las naciones, ya que no hay que olvidar que el mundo está dividido en tres partes desde el año 1917: subdesarrollado, en vías de desarrollo y el desarrollado. La reformulación de la idea kantiana de paz será especialmente compleja actualmente, no solamente por el estado de guerra constante que existe en todo el mundo, sino también por el racismo y el miedo a lo desconocido que se encuentra hoy en día en uno de sus máximos esplendores.

La situación en la que nos encontramos actualmente se puede entender como un proceso de transcición desde el derecho clásico internacional hacia el derecho cosmopolita tan anhelado en la Unión Europea

   La idea de formar un parlamento mundial comenzó con la creación de la Sociedad de Naciones en el año 1919, tras una devastadora guerra que dio bastante que pensar a nivel mundial. Esta organización se comprometió también a asegurar una serie de derechos humanos que deberían ser cumplidos bajo toda circunstancia. Pero como siempre, encontramos un impedimento en todo esto: por mucho que se intente que estos derechos se sigan, existirá siempre algo mucho más fuerte que nosotros, la guerra, aquello que hará que nuestros mejores propósitos queden reducidos a simples utopías.

   Desde la Ilustración se comenzó a pensar en un orden universal, es decir, un derecho que sea posible aplicar a todos los países, o a un conjunto amplio de ellos, como lo que Kant planteó en La paz perpetua. El deseo último de Kant que se manifiesta en este escrito es el de encontrar una manera en la que la paz mundial triunfe por encima de cualquier conflicto. Mientras que Kant plantea este concepto, Habermas no desea abarcar algo tan extenso, sino que su prioridad será Europa, considerándola un terreno más fácil de englobar, pero que será el primer paso de varios cuyo fin será la unificación de la humanidad.

   La idea de la creación de una Comunidad Europea pretende que aquellos países que son considerados la élite de todos los miembros partícipes luchen por la integración de aquellos más débiles que estén dispuestos a formar parte de este gran grupo. Pero no es algo que resulte sencillo, y menos aún habiendo sido Europa cuna de grandes guerras. Pongo por ejemplo la más reciente que causó la ruptura de Yugoslavia: la Guerra de los Balcanes. Esta guerra que finalizó hace escasos veinte años ha hecho que nos planteemos la pregunta de si es posible de verdad sentirnos identificados con la tan deseada identidad europea mientras existen países vecinos que se encuentran aún hoy en día en lucha por su reconocimiento cultural. Esto es lo actualmente sucede en los países pertenecientes a la antigua Yugoslavia: la lucha por el reconocimiento sigue presente.

YugoslavWomenPartisansWWII

   El punto que acabo de analizar servirá de partida como primer problema de la Unión Europea: la ampliación de esta hacia el Este del continente. Resulta muy complejo querer llevar la idea de sistema político que rige el resto de los países a una zona de Europa que se encuentra confusa y abandonada a su suerte. Las minorías que forman parte de países como Bosnia y Herzegovina, Serbia, Macedonia, Croacia, etc., no están dispuestas a aceptar las condiciones que las grandes potencias de Europa proponen para que entren a formar parte de esta gran coalición. ¿No es normal este sentimiento de desconfianza que tiene su origen en la experiencia de abandono que sintieron durante los largos años en los que sufrieron la Guerra de los Balcanes? Un país que se vio desarropado en su peor período histórico hará que el hecho de que retomen la confianza sea una de las metas más complicadas de conseguir. El problema no quedaría aquí, sino que iría más allá en el momento en el que nos planteamos la distribución de los escasos recursos económicos con los que cuenta la ya formada Unión Europea. Las consecuencias que aparecerían si se permitiera la entrada de todo país del Este a la UE serían devastadoras, no tanto para la UE, sino para aquellas naciones que harán todo lo posible por adaptarse a las medidas que se impongan. Lo que llama la atención no es solamente aquello nombrado como “identidad europea”, sino que se consiga que este término no haga que afloren sentimientos de desconfianza hacia una unión que lo único que tiene de real es el nombre de Unión Europea.

   Los problemas de esta coalición de países no terminan con la ampliación de los mismos a Europa del Este, sino que van aún más allá. ¿Qué sucede con el desnivel que existe en el desarrollo de los países miembros? Por poner un ejemplo sencillo y actual, voy a centrarme en la situación que España ha vivido desde el año 2007 con la recesión económica que aún sigue presente; pasando a comprar el nivel de vida de los países nórdicos, como puede ser el caso de Suecia. De este modo, la creación de un espacio económico y monetario común hace que países que no llegan, ni llegarán nunca, a estar a la altura de las élites se encuentren en constante sufrimiento, hecho que hace que la semilla del desengaño comience a dar sus frutos. Por mucho que se haga el esfuerzo de formar parte de una conciencia común, en la que aunque el hecho de que no somos iguales se pretenda maquillar, hará que la legitimación de los programas políticos sea tomada de manera subjetiva.

   Existe una amplia lista de países que entregaron documentos falsos en los que estaba plasmada la su situación económica. ¿Qué lleva a una nación a mentir sobre su situación económica con el fin de formar parte de la “maravillosa” Unión Europea? La respuesta a esta pregunta no es muy compleja, de hecho, parándonos a pensar en la situación en la que se encontraba Grecia antes de pasar a formar parte de la UE y la situación en la que se encuentra ahora, ¿podríamos decir que este país cayó en su propia trampa llevando a cabo esta mentira? Lo que lleva a países como Grecia a ocultar verdades sobre su estado económico no es simplemente una mejora para los ciudadanos residentes ahí, sino un reconocimiento mundial del que nunca habían formado parte. Tras la entrada de Grecia en la UE en el año 1981 el prejuicio de los griegos como los turcos occidentales se ha ido desvaneciendo con el paso de los años. La idea de la Grecia perteneciente al Imperio Otomano es algo que hoy en día queda limitado a las facciones de los helenos, pasando a convertirse en el país más exótico de la UE.

   El tercer problema que voy a analizar es el de la política común de seguridad y defensa, siendo de especial importancia en los tiempos que corren hoy en día. Si la nueva Constitución era aquella que pretendía fomentar la integración de los ciudadanos de los distintos miembros, este propósito ha quedado enterrado bajo el miedo que ha traido consigo el terrorismo islámico. Mientras que antes la respuesta a la pregunta de ¿qué Europa queremos? era una en la que la convivencia armónica fuera la prioridad ante todo, las oleadas racistas han llegado a asentarse en lo más profundo de nuestra alma haciendo que este propósito desaparezca en nuestra memoria. La cuestión de las fronteras podría haberse tratado en la Constitución Europea, pero no fue así ya que en un principio se pretendía hacer el bien a favor de la integración. A pesar de esto, la idea ha cambiado, encontrándonos en el lado opuesto que esta defendía: las fronteras existen, y no todo el mundo cuenta con el derecho de poder traspasarlas.

FRANCE. Brittany region. Cotes-d'Armor department. On the launch between the island "Ile de Brehat" and the spit "Pointe de l'Arcouest". Thursday 14th August, 1975. Contact email: New York : photography@magnumphotos.com Paris : magnum@magnumphotos.fr London : magnum@magnumphotos.co.uk Tokyo : tokyo@magnumphotos.co.jp Contact phones: New York : +1 212 929 6000 Paris: + 33 1 53 42 50 00 London: + 44 20 7490 1771 Tokyo: + 81 3 3219 0771 Image URL: http://www.magnumphotos.com/Archive/C.aspx?VP3=ViewBox_VPage&IID=2S5RYDIZ0HLV&CT=Image&IT=ZoomImage01_VForm

FRANCE. Brittany region. Cotes-d’Armor department. On the launch between the island “Ile de Brehat” and the spit “Pointe de l’Arcouest” (1975). Foto de Guy Le Querrec

   Estos problemas se ven manifestados en las diferentes opiniones que las naciones miembro poseen, haciendo que el consenso sea una simple utopía. Para desarrollar este tema voy a continuar con las pinceladas sobre los países de los Balcanes con los que comencé manifestando este problema de identidad. La conciencia nacional es un término moderno, estudiado gracias a historiadores y etnólogos, término que tuvo su máximo auge en la Europa de los noventa. Con esto lo que pretendo hacer es una analogía entre el deseo de una identidad Europea y el deseo de identidad que los pueblos de los Balcanes poseen. El dilema que encuentro es que para encontrar una identidad común es necesario renunciar a la que ya poseemos como pueblo al que pertenecemos. Ya lo dijo Ortega y Gasset en su magnífico artículo Democracia morbosa:

Quien se irrite al ver tratados desigualmente a los iguales, pero no se inmuta al ver tratados igualmente a los desiguales, no es demócrata, es plebeyo.

Lo que interpreto al leer esta cita es la necesidad que se tiene hoy en día de intentar agrupar a personas, o a pueblos en este caso, de tratarlos como si fueran uno solo sin respetar su cultura ni su identidad. La creación de la Unión Europea se ha vendido siempre como lo más positivo que se puede llevar a cabo hoy en día, olvidando que en el fondo supone un sacrificio para todo aquel país que quiera formar parte de ella. Habermas, en su artículo ¿Es necesaria la formación de una identidad europea? ¿Y es posible?, deja muy clara su opinión en cuanto a si es posible llevar esto a cabo:

   Es verdad que hoy en día hay que dar una respuesta negativa a la pregunta de si existe algo así como una identidad europea. Pero también es cierto que la pregunta está mal planteada en estos términos. Lo que importa son las condiciones que deben cumplirse para que los ciudadanos puedan ampliar la solidaridad ciudadana más allá de sus respectivas fronteras nacionales, con el objetivo de lograr una inclusión recíproca.

   Ha sido el propio Habermas quien ha llegado a la conclusión que he pretendido defender desde el primer momento. La respuesta a la pregunta de si existe una identidad europea es negativa. Habría que encontrar las condiciones necesarias por las cuales se pueda llegar a tan ansiado sentimiento de identidad compartida. El problema que yo encuentro en todo esto es que en realidad no se está planteando de manera correcta el método por el cual conseguirlo. Mientras sea el miedo el sentimiento predominante, nada de lo que la UE pretenda alcanzar será posible.

   Con el fin de defender esto último me voy a basar en algo que está ocurriendo hoy en día, algo que es noticia cada semana: la crisis de los refugiados y el problema fronterizo dentro de Europa. El miedo de que alguno de estos refugiados traiga consigo ideas islámicas extremistas forma parte de uno de los grandes miedos propios de la Unión Europea. Con esto quiero decir que si ya resultaba difícil crear una unión de países entre los que las fronteras no tuvieran lugar, tras estos últimos sucesos parece que esta idea nunca verá la luz, o al menos no a lo largo de los próximos años. El comportamiento de los países miembros de la Unión Europea a raíz de la crisis de los refugiados es lo más vergonzoso que ha ocurrido desde la creción de este “proyecto armónico”. Esta crisis ha hecho que la mayoría de los países saquen sus uñas racistas con el fin de defenderse de aquellos que salen de un país que ya ha muerto por culpa de la guerra. Todo lo vendido por la UE, la armonía entre sus miembros, la integración, comprensión, etc., ha caído por su propio peso y no parece que sea posible que vuelva a renacer de sus cenizas.

Foto de Guy Le Querrec (1969)

Foto de Guy Le Querrec (1969)

La perspectiva desde la que se ha tratado a los refugiados ha ido evolucionando como comúnmente se dice “de mal en peor”. En mitad de una Europa con ansia de poder y dinero nos hemos encontrado con la Europa oculta, aquella formada por los más débiles que no saben lo que significa una mano tendida. Si las fronteras antes no tenían muros, ahora no paran de construirse. Incluso aquellos países que recibieron toneladas de racismo, y que lo siguen recibiendo, se han comportado de la misma manera. Me refiero a países como Hungría, víctima del racismo durante varios años, siendo ellos ahora de los primeros en construir muros y sembrar dificultades con tal de que ningún refugiado ponga un pie en su territorio. Sería más fácil si nos quedáramos en este punto solamente, pero no podemos. Qué decir del comportamiento de una veintena de alemanes cuando varios sirios llegaron a la ciudad de Bautzen. El albergue en el que estos refugiados se iban a instalar ardió, y no de manera accidental ¿Qué reacción se espera del resto de los miembros de la Unión Europea cuando uno de los países que se encuentra en la punta de la jerarquía del sistema reacciona así?

En mitad de una Europa con ansia de poder y dinero nos hemos encontrado con la Europa oculta, aquella formada por los más débiles que no saben lo que significa una mano tendida

   Llegados a este punto voy a proceder a hacer un análisis comparativo entre la teoría filosófica y el relativismo cultural de Richard Rorty en comparación con la teoría de Habermas. Mientras que Habermas intenta mostrar el camino que la cultura debería seguir, es decir, el camino del diálogo, para Rorty existe un escepticismo teórico que él llamará escepticismo explícito. En Contingencia, ironía y solidaridad Rorty llevará a cabo una distinción entre lo público y lo privado (también lo hace desde el punto de vista del lenguaje, pero no voy a entrar en ello). Para Rorty será la ironía la que produzca en nosotros pretensiones metafísicas de una cultura tradicional. Por ello mismo, debe predominar la ironía como aquella conciencia de la mutabilidad y de la aceptación. De este modo encontramos una valoración del individuo como capaz de asumir su propio estado, es decir, siendo capaz de autocrearse. En el ámbito de la Unión Europea debemos poner por delante la defensa de nuestra propia identidad y la de nuestro pueblo antes que el deseo de reconocimiento como miembro de este conjunto de países. Por otra parte, la contingencia será la idea de una sociedad que puede contribuir a su progreso –¿será pues la contingencia la idea esencial de la perfecta Unión Europea?-.

   No podemos ser capaces de hablar de un yo que sea principio último, ya que nos faltaría el otro, aquel que nos permite reconocernos. Nos resulta difícil decir qué es el presente, y cuándo entramos en una nueva época, en una época de cambios, cómo podría realizarse la construcción de una gran comunidad. Existe un elemento de variación y una adaptación al presente. A su vez, también hay creencias limitadas y ligadas a estructuras del marco social. Las instituciones cambian, cambiando también nuestros valores morales. Dentro de la Unión Europea, ¿qué es lo que hace que los países cumplan las normas que esta propone? El cumplimiento de las normas viene dado por la lealtad o respeto, por el deseo de pertenencia a un grupo en el que todos sus miembros se respetan mutuamente. Cuando nos sentimos obligados a cumplir esto es por la cultura que se ha creado en nosotros. Debemos entregarnos a las relaciones en las que de hecho nos encontramos, aceptando la envergadura que ellas poseen. Este escenario admite el reconocimiento de verse a sí mismo y de entenderse utilizando la cultura en el proceso.

Cuando la cultura pasa a ser compartida el reconocimiento de esta misma se convierte en un proceso no poco difícil y que necesita un tiempo de asimilación. En conclusión, la pregunta de si una identidad europea es posible resulta de mal gusto. Plantear esto sería como empezar a construir la casa por el tejado: ¿si aún encontramos dificultad a la hora de identificarnos con el pueblo al que pertenecemos, cómo vamos a poder hacerlo a nivel europeo? La identidad europea es una semilla que por mucho que se riege no está preparada para dar sus frutos.

El silencio de Platón

“El que piensa transmitir un arte, consignándolo en un libro, y el que cree a su vez tomarlo de éste, como si estos caracteres pudiesen darle alguna instrucción clara y sólida, me parece un gran necio; y seguramente ignora el oráculo de Ammon, si piensa que un escrito pueda ser más que un medio de despertar reminiscencias en aquel que conoce ya el objeto de que en él se trata.”[1]

 Desde luego Platón nunca nos lo puso fácil, eso está claro. Uno llega al Fedro, ilusionado con la posibilidad de que quizá esta vez le acerque un poco más a la verdad, y se encuentra con este desalentador consejo que, por boca de Sócrates, aquel de las anchas espaldas nos invita a seguir.

En un primer encuentro con los diálogos platónicos uno realmente piensa que le han engañado, que Platón no era el de las anchas espaldas, sino el de la cara dura, y en ese primer momento algo dentro de nosotros se dice a sí mismo: “¿Que hago yo aquí, en esta bonita tarde de sábado, con las narices metidas en un libro que me dice de antemano que aquel que pretenda sacar conocimiento de una lectura es un necio? Como se enteren de esto en la Facultad de Filosofía se va a armar un buen lío.”

Está claro que las primeras veces son siempre las más duras, uno no sabe qué hacer, por dónde empezar, vamos, que anda como rollizo cuadrúpedo de aquí para allá. Y sin embargo, dentro de todo ese caos que suponen las primeras lecturas platónicas, existe algo, un no sé qué, que le susurra al lector curioso que hay algo más allá de las palabras que se nos dejaron por escrito, un poderoso silencio que nos permite escuchar nuestra propia voz.

Dice Mª Isabel Santa Cruz en la introducción del Político[2], que preguntarse acerca del tema central de esta obra nos lleva a “una disyuntiva del todo falsa, porque el método y la política son, ambas, cuestiones centrales en el diálogo y la originalidad del Político radica, precisamente, en el modo peculiar en el que ellas se entrelazan”. Es para mí este modo peculiar de entrelazamiento, precisamente, la justificación de que, aunque bien es cierto que ambos temas son centrales en esta obra, el fin último del Político no es otro que la demostración práctica del método dialéctico.

No es esta demostración práctica lo mismo que la exposición teórica que aquí consideramos, junto con la política, tema central, y es necesario marcar aquí la diferencia entre una y otra.

Cuando hablamos de exposición teórica del método dialéctico, hacemos referencia a cada uno de los consejos que el Extranjero le da al Joven Sócrates relacionados con los errores cometidos durante la exposición argumental y que especifican como debe ser llevado a cabo un buen desarrollo racional[3].

Por otro lado, la posibilidad de que existan tales confusiones es factible precisamente porque hay ya un desarrollo dialéctico puesto en práctica que nos demuestra ejemplificando lo que nos ha sido ya explicado teóricamente: el Extranjero señala cómo debe ser llevada a cabo una buena división y además la efectúa. Y ya no es solo que la efectúe, sino que se equivoca al efectuarla, mostrando los posibles factores que pueden llevarnos a errar. De tal forma, no es que se nos muestre un acercamiento a la definición de político que debamos asumir sin más, sino que se nos enseña a elaborar nuestros propios razonamientos para que, como si de una reminiscencia se tratará, comprendamos adecuadamente a qué se refiere Platón cuando habla de política o de sofismas; primero se nos enseña a aprender, luego se nos da material para el estudio.

Por supuesto, no es para nada casual que sea precisamente en torno a la figura del político que éste sea puesto en práctica, por lo que no restaré, bajo ningún concepto, importancia a tal tema.

Partamos por tanto, en un primer momento, de la idea que en el Político se tratan dos temas de gran importancia: la política y el método dialéctico. Ambas cuestiones aparecen explicadas durante un largo desarrollo que hasta el mismo Platón considera, en cierto momento, algo tedioso, y es que estas explicaciones no se dan de una manera directa en forma de pastilla monodosis lista para consumir. Platón no ofrece respuestas, abre caminos que gracias a su grácil prosa seguimos encantados. Sin embargo, estos caminos no siempre llevan a buen puerto, y es que es precisamente en aquellos que parecen no tener salida donde nos aguardan las enseñanzas más valiosas.

No parece muy difícil deducir que, de tener que identificarnos con alguno de los personajes que en este diálogo aparecen, nos sentiríamos más afines al personaje del Joven Sócrates, pues es también a nosotros, a la par que a él, a quienes el Extranjero va presentando sus múltiples desarrollos argumentativos. No es casualidad la elección de la figura de Sócrates el Joven como interlocutor del Extranjero en este diálogo, pues que sea “el Joven” no implica sólo, inocentemente, que su edad sea inferior a la del Extranjero[4], sino que conlleva además implícitamente que aquel se encuentra en una desventaja intelectual frente a éste. Por tanto, tampoco es casual que sea mediante este personaje que Platón haga patente el miedo y la desconfianza que implica para sus coetáneos su querida República[5]. Es por esto que, al situarnos en la parte del receptor de la información, es decir, Sócrates el Joven -pues es obvio que no es él quien lleva las riendas de la conversación- nos situamos frente al Extranjero como el alumno se sitúa ante el maestro: con la confianza absoluta de que no se nos miente, de que no se nos lleva al error, sino al conocimiento. Este papel que asumimos desde el principio de la lectura proyecta en nosotros una sensación de seguridad que hace que absorbamos, memoricemos, y en definitivas cuentas, tomemos por verdadera cada palabra dicha por el Extranjero. Esto provoca que el error sea más chocante, precisamente porque no es esperado. Cada equivocación que éste comete hace que nuestros engranajes mentales chirríen hasta detenerse, y que, como el mundo en el mito, vayan en retroceso deshaciendo las vueltas que habían seguido antes de que se archive en nuestro cerebro una conclusión que resulta no ser válida. Qué gracioso nuestro griego, nos deja como a un niño que, justo antes de que le diera tiempo siquiera a desenvolver un caramelo y llevárselo a la boca, se le cae, colándose en una alcantarilla. La educación es sencilla Platón: tú me lo explicas y yo me lo creo. Fácil, rápido y práctico. ¿Porque nos torturas así? Y sin embargo chirría, porque el que se encuentre ahora mismo afirmando con la cabeza se pasará el resto de su vida agachado, mirando por la rejilla, intentando alcanzar con los dedos aquello que ya tan solo rozará. Porque si la educación es sencilla, creedme, no será educación, será adoctrinamiento.

A lo largo de todo este diálogo se nos muestran las claves necesarias para un utilizamiento correcto del método dialéctico no solo en un plano teórico, sino en un plano práctico en el cual se desarrolla todo un ejercicio racional. De esta manera Platón no nos ofrece solo la herramienta, sino también el manual de instrucciones de ésta junto con varias y diversas ejemplificaciones de su correcta utilización. Puede que un libro no baste siquiera para aproximarse a la techné, ya sea referente a la dialéctica o al gobierno de una ciudad, pero un diálogo no es una mera petrificación de la palabra, es la representación más próxima a la oralidad, es la vía mediante la cual se hace posible un entrenamiento dialéctico que permite acercarse cada vez más al conocimiento de las Ideas y de las relaciones que entre ellas guardan; y, ¿acaso no es la idea más suprema, la del Bien, a la que aspira al fin y al cabo ya no solo la dialéctica, sino la política?.

Tenemos, entonces, que en el Político hay dos temas principales de exposición teórica, esto es, como ya hemos dicho anteriormente, la política y el método dialéctico. De la misma manera hemos afirmado que, sobre ellos, y como propósito central, se encuentra la exposición práctica del método dialéctico como unión de ambos temas.

Lo que quiero demostrar es que la intención con la que fueron escritos tanto el Político como el Sofista no es la mera especificación de la definición de estos dos términos, sino que encuentro en ellos una intención no directamente explícita: el entrenamiento racional del lector que frente a sus páginas se encuentre. Y quizá sea esta la señal que, junto con las conclusiones teóricas sacadas de ambos diálogos, justifica que el Filósofo no fuera escrito intencionadamente, a pesar de que su redacción fuera prometida[6]. De hecho, creo que esta promesa es realizada precisamente porque se nos quiere sugerir el tema sobre el cual debemos desarrollar nuestro propio discurso una vez aprendida la utilización correcta del método, pues es esta la única forma de llegar a aquello que Platón no pudo escribir, pues no podemos ignorar tampoco que según la propia teoría platónica hay cosas que no pueden ser, ya no si tan siquiera escritas, sino habladas. Estas cosas que no se dejan dominar bajo el mandato de nuestros labios son precisamente lo indecible, el quinto grado de conocimiento[7], lo arrheton. Es imposible para los hombres, una vez descubierta la verdad suprema, tornarla en verbo. Es el mito precisamente un intento de fuga de esta verdad, pero no nos permite más que ser trasladados gradualmente hasta las puertas de ella. Saber que estamos ante la puerta correcta o encontrar la llave de ésta, ya es un cantar distinto -seguramente dubitativo-.

Si confiamos en que, como muchos estudiosos sostienen, la Carta VII es el único resquicio de autobiografía que en la totalidad de la obra platónica podemos encontrar, ¿Por qué ignorar el hecho de que en ella aparece una afirmación tal como la que sigue?:

“Desde luego, no hay ni habrá nunca una obra mía que trate de estos temas; no se pueden, en efecto, precisar como se hace con otras ciencias, sino que después de una larga convivencia con el problema y después de haber intimado con él, de repente, como la luz que salta de la chispa, surge la verdad en el alma y crece ya espontáneamente . Sin duda, tengo la seguridad de que, tanto por escrito como de viva voz, nadie podría exponer estas materias mejor que yo; pero sé también que, si estuviera mal expuesto, nadie se disgustaría tanto como yo. Si yo hubiera creído que podían expresarse satisfactoriamente con destino al vulgo por escrito u oralmente, ¿qué otra tarea más hermosa habría podido llevar a cabo en mi vida que manifestar por escrito lo que es un supremo servicio a la humanidad y sacar a la luz en beneficio de todos la naturaleza de las cosas? Ahora bien, yo no creo que la discusión filosófica sobre estos temas sea, como se dice, un bien para los hombres, salvo para unos pocos que están capacitados para descubrir la verdad por sí mismos con unas pequeñas indicaciones.”[8].

No debemos ignorar el hecho de que, para Platón, enseñar significa mostrar el camino, y éste se abre a través de la ejecución de la dialéctica, no a través de la lectura. Tampoco debemos pasar por alto que los temas que se eligen para la ejecución del método dialéctico no son casuales, como ya dijimos más arriba, y la aproximación a las definiciones de sofista y político nos acerca también a la de filósofo: la de sofista por describir aquello que no es, bajo ningún caso, un filósofo; la de político por mostrar una parte de aquello que sí es. Con esto no quiero decir que el político y el filósofo sean la misma cosa, pues la búsqueda que se emprende es la de tres nombres distintos que designan tres cosas distintas[9]. Aun así es cierto que no puede andar muy lejos la definición de filósofo de la de político si tenemos en cuenta que a lo que Platón aspira es al filósofo rey. Debe ser poseedor entonces el filósofo de la ciencia real, y, por tanto, debe la definición de ésta última aportarnos algo sobre esta figura en cuestión.

Así tenemos que en ambos diálogos se nos dan claves teóricas que nos acercan a la figura del filósofo, y a su vez se nos entrena en una práctica dialéctica que nos enseña a serlo. Marco como prioritaria la segunda opción, pues como se ha repetido en diversas ocasiones a lo largo de todo este escrito, ninguna techné puede ser comprendida de un libro ni recogida en éste. Se debe enseñar a los seres humanos a llegar ellos solos allí donde los ilumina aquello de lo que nunca podremos hablar.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

[1]  Platón, Fedro, 274c-277a

[2]  Platón, Político, Gredos, Madrid, 1992, pág. 485-498.

[3]  Platón, Político: 262 b, 275b, 277a – 278d, 278e – 279a, 283b – d, 285b – d, 287c – d.

[4]  Platón, Político, Gredos, Madrid, 1992, pág. 525: “Presta, entonces, toda tu atención a mi mito, como los niños. Al fin de cuentas, dada tu edad, tan lejos no estás de los juegos infantiles”.

[5]  Ibídem, pág. 582: “Sobre las demás cuestiones, extranjero, me parece que te has expresado con mesura; pero eso de que se deba gobernar sin leyes es una afirmación que resulta más dura al oído”. Encontramos en esta misma página, como aclaración a este mismo fragmento la siguiente afirmación: “Platón pone esta observación en boca del Joven Sócrates, porque sabe perfectamente que su teoría choca con las concepciones corrientes y generalizadas.”

[6]  Platón, Político, 257a – b.

[7]  Platón, Carta VII, Editorial, Año, página 12.

[8]  Ibídem, página 11.

[9]  Platón, Sofista, 217a – b.

Anaximandro de Mileto

Anaximandro, representado en la pintura de Rafael titulada  "La escuela de Atenas"

Anaximandro, representado en la pintura de Rafael titulada “La escuela de Atenas”

Este filósofo griego pertenece al grupo de los presocráticos, es decir, al grupo de filósofos anteriores a Sócrates, no solo cronológicamente sino también en la temática de sus reflexiones. Los filósofos presocráticos centraron su pensamiento en la physis, es decir, en la naturaleza, en su origen, (arché), en su esencia y en su causa. A partir de Sócrates la reflexión se amplía a los problemas humanos y sociopolíticos. Nuestro autor pertenece al siglo VI a. de C. De su vida no sabemos mucho: nació y vivió en Éfeso, ciudad enclavada en las costas mediterráneas de Turquía (Asia Menor), fue discípulo de Tales de Mileto y maestro de Anaxímenes, quienes situaron el arché, origen, causa y sustrato de todo lo existente en el agua y en el aire respectivamente. Nuestro autor lo sitúa en el ápeirona, (privativo), peras, (límite)-, es decir en lo ilimitado, lo que no tiene límite. Esto lo sabemos a través de lo que sobre él escribieron otros filósofos posteriores como Aristóteles, del siglo IV a. de C. Sólo se conserva un texto de cinco o seis líneas que dice:

«El principio de todos los estandos es el ápeiron (lo indeterminado: ilimitado). Ahora bien, aquello a lo que todos los estandos deben su existencia es también aquello a lo que retornan tras su destrucción, según la necesidad. Y esos estandos se hacen unos a otros justicia y reparación de sus injusticias según el orden del tiempo».

Esto a lo que Anaximandro llama “estandos” son las distintas realidades individuales cuya propiedad esencial es la de estar siendo hasta su destrucción. El gerundio alude a su existencia pasajera.

Pues bien en el libro titulado “Heráclito” de Jean Brun, Biblioteca Edaf en el apartado “El ser y el devenir” (lo uno y lo múltiple) se hacen interpretaciones de este texto, destacándose la de Friedrich Nieztsche, que parece muy razonable y que en síntesis defiende lo siguiente: En un principio sólo existía una sola realidad: Lo Uno. Las distintas realidades individuales que posteriormente osaron romper esa unidad original, (los estandos), cometieron una injusticia que han de reparar, según la necesidad, con la muerte. La condición necesaria de la individualidad es pues la muerte.

Así se cierra el ciclo de la necesidad, con la vuelta a la unidad original. De este modo intentaría Anaximandro darle un explicación racional a la muerte y a la vida. Lo cual no está lejos de la explicación que dan las religiones orientales e incluso el cristianismo.