Democracia no, gracias

¿Os acordáis de lo de que está bien que el pueblo decida cosas ? Pues es mentira. El derecho a decidir es mentira. Es mentira para la Generalitat, quiero decir. No lo quieren ver ni en pintura. Es todo propaganda de la buena. Ya os dije que debajo de todo esto de la Cosa catalana, había un genuino pánico «a la idea, al concepto, a la mera posibilidad de que la masa elija cosas». Hola, soy Ana otra vez y vengo con cosas para que penséis.

¿Sabíais que hay una vía legal, constitucional y más o menos facilona de haber realizado el referéndum/consulta/loquefuere?

Una reforma del reglamento del Parlament. Y ya está. Democracia directa, así como por arte de magia. Los magos que se ofrecieron a sacar ese conejo de la chistera son Juan Moreno Yagüe y Francisco Jurado. Aquí explican el truco.

Esta idea era un bombazo. Un bombazo tan democrático, tan de derecho a decidir, que al Parlament le dio canguelo. No le vayas a dar demasiado poder al pueblo, que luego se viene arriba.

Os cuento la idea, así en formato para parlamentarios simple. El sistema político que tenemos (democracia) se basa en la idea de que la soberanía reside en la ciudadanía. Para los de la LOGSE: la peña decide sobre cosas. Para los jipis: Power to the people, como diría John Lennon.

¿Y esto cómo se hace? Fácil: la gente vota las cosas (leyes). Originalmente, se junta todo el mundo y vota directamente. La idea es bastante vieja, seguro que os suena de cuando los antiguos griegos. Democracia directa. Simple, ¿eh? Pero claro, tiene sus limitaciones. A ver cómo juntas a una ciudadanía de millones para que delibere y vote. Como somos muchas y no entramos todas en el Parlamento, pues a alguien se le ocurrió lo de la democracia representativa. Delegas tu poder de voto en otro, entre otras cosas. Y otros muchos hacen lo mismo, así que ese «otro» representa a varios ciudadanos. Se elige a un puñado de otros para que hagan eso y ahí tenéis el Parlamento. Para cosas muy muy importantes, la ciudadanía se reserva el poder de voto (una reforma de la Constitución, por ejemplo).

A día de hoy, la participación política directa de la ciudadanía se limita al referéndum y a la iniciativa legislativa popular. Ambas limitadas por el ejecutivo y el legislativo, respectivamente. Es decir, que si los representantes no lo consideran oportuno, la ciudadanía no participa. Es más, el principio de la representación está grabado a fuego y parece inmutable. No se toca. No se discute. Que de parlamentario se vive muy bien.

Vale, no cabemos todas en el Parlamento.

Pero estamos en el siglo XXI. No hace falta estar físicamente en el Parlamento para votar (los propios parlamentarios pueden hacerlo online si están de baja). Otra historia es el trabajo de elaboración de las leyes, discusión y demás. Imaginaos la movida y el tiempo y energías que requeriría de cada una de nosotras. Vamos a quedarnos con lo de votar.

Se pueden hacer muchas cosas por internet. La Declaración de la Renta, por ejemplo. No es tan loca la idea de que la ciudadanía pueda votar directamente por internet. La UNED elige a su rector/a así. El Ayuntamiento de Madrid está avanzando en esa línea con lo de Decide Madrid. Y en la ley aquella de consultas populares en Cataluña (Ley 10/2014) que tumbó el Constitucional, se contemplaba la participación ciudadana por vía telemática (art. 28).

El truco de magia es hacer una reforma del reglamento del Parlament para que lxs ciutadans puedan votar, cuando así lo deseen, las decisiones que adopte la cámara. Súper democrático. Para que esto sea factible, se habilita un sistema telemático para emitir el voto. Además, se propone un reajuste del peso del voto de los parlamentarios en relación al número de ciudadanos que participen. Por ejemplo, si vota toda la ciudadanía, el voto de los parlamentarios no vale nada porque no queda a quién representar –contaría el voto de los representantes como un voto de un ciudadano cualquiera–.

Esto a los parlamentarios les dio miedo. A nadie le gusta perder poder. Así que la idea se fue al cajón. Es como con la propuesta de reducir el sueldo de los parlamentarios. Evidentemente, votaron que no.

Decidir de manera no vinculante (opinar, vamos) sobre la Cosa, vale. Decidir sobre cosas, ni de coña, amigas.

Mierda, al final resulta que todo esto era una guerra de narrativas entre poderes políticos y en ningún momento se quería que el pueblo decidiese. Propaganda, propaganda everywhere.

Democracia sí, pero la justa.

 

Ana Ideia

El Progreso y el Procés, Hostias y huidas

Hola otra vez. Hoy vengo con actualidad y filosofía. A la teoría política vuelvo cuando se calmen las aguas. Y encima vengo radical. Radical de verdad, no de pasamontañas y cóctel molotov. Radical de ir a las raíces, a eso que está muy muy en el fondo que nadie le hace caso. Venga, al tajo. Se oye mucho últimamente lo de la «huida hacia adelante». Esa expresión, más o menos común en el lenguaje pseudo-político español, que usamos para referirnos de manera elegante a seguir tirando pa’lante como un borrico, a ver si con un poco de potra, esto se arregla. Y esto es, básicamente, el pensamiento Occidental resumido en una línea: El progreso arregla las cosas.

Lo de la Cosa catalana es, más que huida, una caída hacia adelante. Un precipitarse en el vacío. Muy moderno esto –moderno de la Modernidad, no de Malasaña–. Muy al vacío, de cabeza, con todo el equipo; porque, parece que sí, que la DUI va pa’alante. Y este tirar pa’alante no es sólo un colocón de testosterona. Tiene más miga el asunto. Este lanzarse hacia adelante es porque, amigas, vivimos en un mundo que se piensa desde el futuro. Es quizá uno de los rasgos más característicos de la Modernidad que seguimos arrastrando.

 

La interpretación del presente no se hace desde el mito anclado en las nieblas del pasado. La Historia ya no vale para predecir lo que vendrá, sino que lo que vendrá valdrá para entender lo que fue. El presente se piensa por los efectos que tendrá en el futuro. Será el futuro el que juzgue. El presente no es tanto consecuencia del pasado sino preludio del futuro. Como decía Hegel, la realidad es la posibilidad de lo que sigue. Un futuro dormido que tratamos de despertar. Es aquello de la historia me absolverá de Fidel. Vamos, que la comprensión total del presente sólo podrá hacerse desde el futuro, cuando el polvo del tiempo se haya asentado. Para los de la LOGSE: de todas las juergas que te pegaste en la universidad no sabes cuales son las mejores hasta que no las miras con la distancia de los años, pero por si acaso, te la agarras todos los findes.

parece que sí, que la DUI va pa’alante. Y este tirar pa’alante no es sólo un colocón de testosterona.

¿Y qué narices tiene que ver todo esto con Cataluña, Ana? Pues que tener esto en cuenta vale para entender un poco más el percal. Son los fines, los resultados, y no el origen, los que informan ese punto en el que se encuentran pasado y futuro al que llamamos presente. Que lo que le da sentido al presente es el futuro; y hasta que no llegue, no cobra sentido. Es decir, que vivimos en un sinsentido constante.

A ver si me explico. Que lo que están haciendo los fantoches estos respecto a la Cosa, tendrá sentido desde el futuro. Que no tiene sentido en el presente. La modernidad tiene esa obsesión por el progreso, por ir hacia adelante, por el futuro. Todas las soluciones se encuentran allí. Huir hacia adelante es lanzarse hacia ese vacío que es el porvenir. No tanto caer, sino precipitarse.

Como hemos perdido el pasado como referente, este nuestro tiempo es un constante improvisar. Es un andar a tientas porque no vemos hacia dónde vamos. No vemos dónde estamos hasta que no avanzamos y lo miramos desde el futuro. Las respuestas, pues, están siempre un paso más allá. Todo este precipitarse es, en definitiva, querer llegar antes al futuro para así intentar alcanzar un sentido que nunca termina de llegar. Como cuando eres txiki y empiezas a fumar porque quieres ser mayor, pero no tienes ni idea de lo que estás haciendo. Te precipitas a la adolescencia en una descontrolada improvisación porque crees que el futuro es mejor.

Proclamar la DUI es precipitar el futuro –qué épico suena esto, ¿eh?–. Es forzar la máquina hacia adelante porque el presente no tiene sentido, a ver si en el futuro lo encontramos. Pero si la fuerzas demasiado, se rompe, descarrila y ya no entiendes nada. Si no sale mal del todo, la DUI provocará una cadena de eventos –desconocida aún–, que podría llevar en un futuro no demasiado a cercano a una solución territorial y, quizás, política para España. O no.

La modernidad tiene esa obsesión por el progreso, por ir hacia adelante, por el futuro. Todas las soluciones se encuentran allí. Huir hacia adelante es lanzarse hacia ese vacío que es el porvenir.

A veces sale mal. O, mejor dicho, tarda demasiado en salir bien. Ya sabéis, todo cobrará sentido en el futuro. Cómo de lejano esté ese futuro ya es otra cosa. Las revoluciones adolecen un poco de esto. Su verdadero efecto es a largo plazo. Son una de las cosas más modernas que hay, esto de las revoluciones. El revolucionario dinamita toda conexión con el pasado, creando un vacío al que debe lanzarse en una necesaria improvisación. Ortega decía que esto era lo que las condenaba irremediablemente al fracaso. Vulneran uno de los derechos más básicos del ser humano: el derecho a la continuidad. Que en terminología sociológica moderna es joder con la seguridad ontológica del personal.

Vamos, que cuando vas muy rápido y se precipitan mucho las cosas, te estalla el tema en las narices porque a la gente no le van los cambios bruscos. Echad mano al libro de historia más cercano que tengáis y veréis que cambio social repentino = problemas. Da igual que el cambio sea a mal o a bien, si agitas mucho las cosas la situación se termina poniendo chunga. Es como conducir un coche. Si pegas un volantazo a la izquierda luego tienes que meter uno a la derecha para compensar un poco (acción-reacción) y en el proceso seguro que alguien se da un cabezazo con la ventanilla o tira media yonkilata por el asiento de atrás. Aunque tardes un poco más, es mejor girar con calma.

Volvemos a la Cosa. Lo del lunes va a ser un volantazo –o una amenaza de darlo–, veremos si patina o no. A la Generalitat no le interesa que el coche patine y se salga de la carretera. Pero sí que se precipiten cosas. Tristemente, el apoyo social que le falta a la Cosa  se puede ganar con violencia estatal. Las porras de la Nacional son una varita mágica para crear indepes y me temo que se van a precipitar un montón en el futuro si esto sigue así.

Tampoco interesa que la Cosa se desborde. Lo del «desborde» es que se salga de los cauces marcados por el Govern. Que la Generalitat pierda el volante y la cosa se vaya de madre. Que la sociedad, en definitiva, sobrepase a sus instituciones, innove y adopte rumbos no esperados. Por el momento no va a pasar. Para que algo desborde, tiene que diluviar. Y sí, el domingo cayeron chuzos de punta (literalmente, además), pero no es suficiente. Las aguas del pueblo están encauzadas. Cuando las autoridades catalanas mandan, el pueblo de momento obedece. Pueblo que, por cierto, debe de tener alzheimer o algo. Se ha olvidado de todo. Los recortes ya no existen, la gente incluso vitorea a los mossos…  Una vergüenza.

En fin, que me enredo yo sola. Yo venía a contaros que esta frenética «huida» hacia adelante es, de fondo, porque somos hijas de la modernidad y corremos a ciegas en el vacío improvisando cada paso en busca de sentido. Igual os parece un sinsentido. Igual nada tiene sentido. Qué sé yo. Qué más da.

Una cosa sí sé: Agarraos que vienen curvas. Agarraos que viene el futuro.

 

Ana Ideia

 

Preguntar antes de decidir

Vengo a haceros pensar, a lanzaros preguntas para que rumiéis un poco. Demasiadas afirmaciones sin reflexión hay por ahí. No vengo a daros respuestas, lo siento. Muchas certezas se andan segando estos días, yo vengo a sembrar preguntas para que crezcan dudas. La que duda, camina despacio y se fija por dónde va.

Quiero hablaros de cosas muy grandes y abstractas como pueblo y nación. Quizá, más tarde, de territorialidad e identidad. Pero empecemos con uno de los temas de moda, que de tanto mentarlo le van a gastar el nombre: El derecho a decidir. ¿Qué es el derecho a decidir? Lo primero: aquí hablamos de derecho no como norma jurídica –no habría tanto debate si fuese una– sino como condición de poder tener o exigir algo que se considera éticamente correcto y, por ende, independiente de un ordenamiento jurídico concreto. Empezamos mal, lo de definir lo éticamente correcto es un marrón.

Siendo un poco tautológicos, el derecho a decidir es la condición de poder exigir decidir, porque es bueno, correcto. Vamos, la autoridad moral de poder exigir el poder decidir. Lo dicho, cuando aparecen el bien y el mal de por medio, la cosa se enfanga, porque a ver quién se considera con la autoridad para definir esas cosas.

Pero bueno, vamos a asumir que vale, que bien, que decidir es bueno, está bien. ¿Decidir qué? Decidir cosas. Pero… ¿qué cosas? Porque claro, lo de que tenemos derecho a decidir (algunas) cosas es evidente. Yo decido qué camiseta me pongo hoy, por ejemplo. Salvo que tenga que ponerme el uniforme para ir a trabajar, que entonces la decide el jefe. Bueno, decidí coger un trabajo con uniforme. Así que la decisión en el fondo es mía, ¿no? Aunque no había más trabajos y hay que comer, así que la capacidad de decisión se limita. Vaya. Se complica la cosa. Capacidad de decisión. ¿Y esto? Que tengo derecho a decidir cosas, pero las opciones entre las que elegir no las pongo yo. Vamos, que si sólo hay una, la decisión está hecha. Y claro, también hay cosas sobre las que no tengo derecho a decidir. Como por ejemplo qué camiseta te pones hoy. Salvo que tengas cinco años y yo sea tu madre. O que trabajes para mí y te diga que tienes que llevar uniforme. Un poco fluido esto del derecho a decidir cosas.

Vamos con el derecho a decidir que está de moda. El de los catalanes. Los catalanes tienen derecho a decidir cosas. Bueno, no. Cosas no. Eso es plural. Muchas cosas, mucha incertidumbre. La incertidumbre no es buena. Aquí, cosas, es más bien La Cosa. La Cosa es la independencia de Cataluña (¿esto qué es? -volveremos luego). Pero no de cualquier manera, no. La capacidad de decisión es limitada aquí también. Vuelvo a las camisetas. Hay dos en el armario: una un poco apolillada, la de toda la vida que te regalaron en el 78 y que te queda pequeña; y una envuelta, que no sabes cómo te queda ni qué pinta tiene, pero en la etiqueta pone Estado independiente en forma de república. No está mal, sonar suena muy bien. Por lo pronto es nueva y sin polillas. Pero la verdad es que el tipo ese de la tienda de PDeCAT que te la vendió no daba muy buena espina.

Bueno, entonces, lo del derecho a decidir viene a ser que está bien que los catalanes tengan el poder de decidir si Cataluña se vuelve un Estado independiente en forma de república o no. Pues molt bé, ¿no? Pero hostia. ¿Por qué sólo los catalanes? Yo también quiero tener derecho a decidir si quiero una república o no. Ah. Espera. Shhh, que esto no va de la monarquía. Esa caja de Pandora no la abráis. Entonces lo de la república no es muy relevante, aquí la esencia es lo de ser un Estado independiente. ¿De derecho? ¿Democrático? ¿Social? No lo pone en la etiqueta. Pero suponemos que sí, ¿no?

Está un poco difuso sobre qué deciden, pero la base está ahí. Quieren decidir si se van o no. ¿A dónde? -A saber. Problema de los que se van, la verdad. Pero ¿quiénes son los que se van? Tenemos un derecho pero nos falta el sujeto titular de ese derecho para poder saber, por ejemplo, sobre qué  puede ejercer ese derecho. Vamos, que ¿quién decide? ¡El pueblo catalán, hombre, que no te enteras! Ajá. El pueblo catalán. ¿Y ese quién es? Y encima dice Rufián (el de las camisetas de Harry Potter) que no sólo el pueblo catalán, que ya que nos ponemos a decidir cosas, que los andaluces, los castellanos, los gallegos y los vascos también está bien que decidan cosas. ¿Y los valencianos qué? ¿Estos no? ¿Será que como hablan parecido a los catalanes son pueblo catalán? Menudo lío con esto de los pueblos decidiendo cosas y gente decidiendo quiénes son los pueblos.

Por partes. Entonces, quedamos en que está bien que los pueblos decidan cosas. Ah, pero esto me suena. Para esto hay norma jurídica, hombre. Se llama derecho de libre determinación de los pueblos, derecho de autodeterminación para los amigos. Esto es gordo. Gordo de verdad. Gordo nivel principio fundamental del Derecho Internacional público – poca broma–. Los Pactos de Nueva York, la ONU… gente importante que decide sobre cosas, cosas importantes –¿y el derecho a decidir de éstos de dónde sale?–, dice que sí, que los pueblos tienen ese derecho. ¿Y entonces si es lo mismo por qué lo llamamos derecho a decidir? ¿Igual no es lo mismo?

por whatsapp no, que somos gente adulta y no nos llevamos tan mal, así que vamos a sentarnos a hablar las cosas.

Sea como fuere, parece que el derecho este –el de autodeterminación, que es como más concreto que eso de «decidir cosas»–  tiene legitimidad, que no hace falta ponerse a discutir sobre el Bien y el Mal. Hay señores importantes que dicen que está bien. Menudo alivio. Un problema menos.

Vamos con lo de los pueblos, pues. En esto los señores importantes dicen que a ver, que no todos los pueblos tienen derecho a autodeterminar su secesión. Que sólo algunos: coloniales, invadidos o duramente abusados por el poder estatal. Que si no se cumple eso, no te puedes autodeterminar a la torera, que para algo vivimos en democracias y lo de hacer las cosas unilateralmente no está bien. Es como dejar a tu pareja por whatsapp, está feo, salvo que sea un maltratador, entonces sal por patas. Quizá la mejor reflexión en términos jurídicos o, al menos, la más detallada, es la que hace el Supremo de Canadá sobre Quebec. Viene a decir que por whatsapp no, que somos gente adulta y no nos llevamos tan mal, así que vamos a sentarnos a hablar las cosas.

Entonces, los pueblos estos que pueden decidir cosas pero no autodeterminarse, ¿qué son? Aquí, damas, caballeros y personas de género no binario, viene el problema de todos los problemas: ¿Qué es un pueblo? ¿quién lo integra? ¿Es sinónimo de nación? En mi humilde opinión, es un palabro que no vale para nada, salvo para confundir, porque vale para cualquier cosa, que es casi peor. Es tan ambiguo que hace falta ponerle etiquetas para que quiera decir algo concreto. Un poco como con ese otro palabro tan grande que está también de moda: democracia.

Vamos a ello. Parece que pueblo es un grupo de personas. Un grupo grande. Grande y más o menos homogéneo o con algún rasgo que permite distinguirlo de otros grupos/pueblos. Pero esto de pueblo es diferente de multitud y muchedumbre, que también son grupos grandes y distintos. ¿Y a qué viene esto? Pues a Spinoza, Hobbes y la construcción del Estado moderno y de todos esos conceptos tan bonitos que nos gusta usar sin dedicarles mucha atención porque las cosas sin definir del todo son más útiles políticamente. No me voy a meter a resumir aquí siglos de teoría política. Además, con el panorama posmoderno que tenemos a nadie le importan ya estas cosas. Así que, así muy rápido, en tamaño tuit y con el perdón de Spinoza y Hobbes: La multitud es una pluralidad de voluntades singulares en la escena pública, sin convertirse en una unidad, en una única voluntad, decía Spinoza. A Hobbes esto de la pluralidad le parece un peligro, nada de multitudes. A Hobbes le pone el rollo unitario, fuerte, centralizado. Aquí es dónde entra el pueblo contra la multitud: nada de pluralidad de voluntades, ¡ni que esto fuese una democracia! El pueblo se caracteriza por tener una única voluntad, personificada en la figura del soberano e identificable con la forma política del Estado.

Digamos que multitud es un poco como manada  y pueblo como rebaño. No sé si estáis notando lo turbio de los principios del concepto pueblo y su importancia política. Por eso los Estados homogeneizan a su población en términos de lengua, religión, referentes culturales, históricos, etc. Así es más fácil una voluntad unívoca, si todos somos iguales, todos pensamos igual. Los Imperios, por ejemplo, no jugaban a esto. No eran una apisonadora cultural. Absorbían todo y estaban compuestos por múltiples pueblos, religiones, culturas… con algún elemento de filiación mínimo les valía, no hacía falta homogeneizar a nadie. España, por cierto, ha sido en ese sentido históricamente más imperial que estatal, por eso existen nacionalismos dentro del país; a diferencia de, por ejemplo, Francia.

Uy, que me enredo. En resumen: un pueblo es un agregado humano que comparte una lengua, religión, historia, tradiciones, etc. que lo hacen uno y distinto de otros. Es, además, un sujeto histórico, a diferencia de una multitud. Sigue siendo algo muy muy ambiguo, porque se puede hablar, parece, del pueblo leonés, del pueblo español y del pueblo europeo. Pero no son comparables, son diferentes niveles de homogeneidad, de elementos compartidos. Un poco más claro esto de pueblo pero tampoco mucho, ¿no?

Ya que nos hemos metido en este berenjenal, vamos con su prima-hermana: la nación. ¿Es lo mismo? Pues no exactamente. Para algunos prácticamente sí, es su hermana mayor, y para otros no, no están emparentados. La diferencia fundamental es el carácter político del asunto. Una nación es un sujeto político, El Sujeto político si hablamos de Estados. Un pueblo no. Para algunos, una nación es (sólo) una comunidad política, sólo hace falta la voluntad de los sujetos de constituirse como tal para tener una nación. No hace falta homogeneidad ni cosas de esas. Es la concepción de ‘nación’ detrás de la Revolución Americana. Una nación es un conjunto de personas que deciden dejar de ser súbditos para convertirse en ciudadanos, formando un sujeto político autónomo. Fin del asunto.

Digamos que multitud es un poco como manada  y pueblo como rebaño

Pero luego vinieron los románticos a reventar el liberalismo y a construir la idea de nación tal y como la conocemos. Cogen la idea de nación como sujeto político y le meten todo el tema subjetivo-sentimental identitario politizando el concepto de ‘pueblo’. Cada pueblo es una comunidad política a la que le corresponde una nación. Es un combo de ente cultural, histórico y ético-político –a veces también étnico–  que da muchos problemas. Es decir, la nación es una comunidad cerrada cuya pertenencia se define sobre una base identitaria de elementos histórico-culturales; para ser ciudadano tienes que cumplir ciertos criterios, si no los cumples no puedes pertenecer a la nación.

La hostia de peligroso esto, eh. Muchos potenciales problemas de exclusión y discriminación al construir la comunidad política así. El concepto de pueblo es más fluido, menos monolítico. Uno puede sentirse parte de distintos pueblos, en diferentes escalas y con diferentes implicaciones, utilizando diferentes criterios para definir un pueblo u otro, sin que haya un conflicto identitario. Con lo de la nación esto no vale. Por norma general, uno no puede ser parte de dos o más naciones.

Las naciones las entiendo yo (y muchos otros, la idea es de Benedecit Anderson) como una comunidad política imaginada, limitada y excluyente. Y como tal, no existe más allá de la imaginación social. Una nación es, a fin de cuentas, lo que los nacionalistas dicen que es, lo que ellos definen como tal. Frente a pueblo, la identificación nacional es mucho más sentimental e irracional porque está ligada a la construcción de la propia identidad y encima tiene consecuencias políticas.

La cosa va un poco así: el pueblo adquiere conciencia de sí mismo como sujeto histórico-político, forma objetivos compartidos (lo de la voluntad única y tal) y se convierte en nación. ¡Tachán! ¡Magia! Para los de la LOGSE: una nación es un grupo de personas que se cree que forma una comunidad distinta de otras porque comparte elementos culturales/ lingüísticos/ religiosos/ históricos/ étnicos; tan distinta de otras que tiene un proyecto político propio y que para lograrlo tiene que constituirse en un ente soberano e independiente, es decir, un Estado.

¿Catalunya es un pueblo y/o una nación?

Es un pueblo, eso es difícil de discutir. Demasiado margen nos da ese concepto como para discutirlo. Lo de nación ya es más complicado. Depende de cuánta gente se lo crea, básicamente. Si hay suficiente gente que considera que no son sólo un pueblo, sino una nación porque tienen un proyecto político incompatible con el del resto de los españoles y que no se puede ser catalán y español a la vez, porque son cosas distintas e incompatibles, pues sí, son una nación. Una movida, esto de los constructos sociales.

Me vais a decir que qué es eso de creer, que no, que la nación existe de verdad al margen de lo que se crea o no. Que la historia, que la cultura, que… Mira, el pueblo catalán igual sí que se puede decir que existe al margen de creencias. Depende de cómo lo definas: los que hablan catalán, los que nacieron en Cataluña, los que viven en Cataluña… Pero la nación nace de la creencia compartida en su existencia. Si la gente no se lo cree, no existe. Para que aparezca una nación tiene que venir alguien que coja un puñado de elementos historico-lingüístico-culturales, construya un relato nacional con ellos, se lo venda a la gente y alguien se lo compre.

Recapitulando. Los pueblos pueden decidir cosas, está bien. Pueden decidir que se consideran nación. Pueden decidir que dentro de sí mismos hay otros pueblos y que esos pueblos quiere cada uno ser una nación diferente. El pueblo kurdo, por ejemplo, rema en esa dirección. Pueden decidir que no quieren ser una nación independiente, que su proyecto político es parte de otro compartido con otros pueblos porque juntos forman un pueblo más grande. Muchas opciones para decidir, no sólo dos camisetas.

Pero antes de que el pueblo decida cosas, alguien tiene que decidir quién es el pueblo. Tú si decides, tú no decides. Cuando ya hay una comunidad política autónoma que se identifica con el pueblo, está fácil. El pueblo español = los nacionales españoles. El Estado, guardián de la comunidad nacional, define esa nacionalidad y dice tú sí, tú no. Pero cuando hay problemas y el pueblo tiene que decidir sobre esas cosas, suele ser cuando el pueblo no forma una comunidad política independiente (un Estado). Dos escenarios posibles: el pueblo que quiere decidir cosas está dentro de un Estado con otros pueblos o forma parte de un pueblo más grande; el pueblo que quiere decidir cosas está esparcido por varios Estados. Puede venir otro desde arriba a decir quiénes forman el pueblo, desde el propio Estado o puede venir de dentro desde el propio pueblo.

¿Y cuál es el criterio que se usa para esto de «tú sí, tu no»?

Con pueblo depende. Depende de cómo se esté definiendo. Pero si hablamos de nación, invariablemente es la territorialidad. Que llevo evitando mentarla porque es otro marrón gordo. Como lo del pueblo como agregado humano con elementos históricos/lingüísticos/culturales comunes es un poco fluido y muy difícil de precisar y hacer un censo con él, se opta para definirlo o bien por la etnia o por la territorialidad. La comunidad imaginaria se asocia a un espacio físico y desde ese territorio se crea el relato nacional, tanto para interpretar la historia, como el presente como el futuro. Hay varias maneras para definir la pertenencia a un territorio y por ende al pueblo/nación asociado. Desde criterios tan laxos y variables como la residencia (que es el que se está usando en Cataluña), a otros invariables como el lugar de nacimiento o la territorialidad de los padres.

O sea que… ¿tanta hostia con la historia, la lengua, la cultura y demás y al final lo que más cuenta es en qué terruño tuvo a bien tu madre darte a luz? ¿O, menos trascendental incluso, dónde estás pagando el alquiler ahora?

Eso parece. Entonces… ¿la gente que vive en un territorio es un pueblo? Pues sí. O eso dice la Generalitat. Somos así. Las personas somos animalicos territoriales. Para evitar la fluidez de cultura, lengua, historia… las anclamos al trozo de tierra en el que existimos. En nuestra escala temporal, las montañas y los ríos no se mueven mucho, así que son una buena referencia. Los grupos humanos existen en el tiempo y en el espacio. Son nuestras dos principales variables para entender el mundo.

Si nación y territorio son un pack, ahora hay que decidir qué metro cuadrado es del territorio y cuál no, ¿no? Para luego poder decir tú sí, que eres de aquí y tú no, que eres de allí (nótense los referentes espaciales, que pasan tan desapercibidos a veces). Pero esto de la territorialidad de la comunidad imaginaria lo dejamos para otro día.

Vamos a pensar todos esos conceptos en contexto. El ahora. ¿Qué utilidad tienen unos criterios de definición de la comunidad política basados en la pertenencia a un territorio, a un grupo étnico, a una lengua, a una cultura… en un tiempo en el que las sociedades son cada vez más multiculturales y los flujos migratorios son cada vez más masivos? ¿Igual hay que empezar a aparcar lo de pueblo y desempolvar multitud? ¿Igual vamos a trabajar cada vez más con comunidades políticas que no están marcadas por una única voluntad? Todo sin olvidar que ante el ariete posmoderno y el derrumbe las identidades tradicionales se erigen fortines de identidades de resistencia, apuntalados con historia, tradición, religión y otros grandes pilares premodernos.

Os dejo con la pregunta del millón: ¿En base a qué podemos construir comunidades políticas funcionales en este tiempo?

 

 

PD: Próximamente: territorialidad e identidad.

 

 

Ana Ideia

 

El pueblo no está decidiendo cosas

Alguien tiene miedo. Varios alguien tienen miedo. Mucho, diría yo, a juzgar por el comando Piolín desplegado en Barcelona. Tienen miedo de que el pueblo opine. Tienen miedo de que el pueblo decida cosas. Da igual qué cosas. Totalmente igual. Es un pánico a la idea, al concepto, a la mera posibilidad de que la masa elija cosas de manera autónoma. No os confundáis, no es lo que está pasando en Cataluña. El pueblo no está decidiendo cosas. Está contestando a una pregunta (o intentándolo) muy simple sobre una cosa muy muy muy concreta. Pero bueno, es un principio. Es el hermano pequeño de eso otro a lo que le tienen tanto miedo. Es el primer carraspeo que anuncia una neumonía. Y los que tienen miedo están intubando al personal a la primera de cambio antes de que se ponga feo. Mejor prevenir que curar.

La masa decidiendo cosas es una idea que da pánico. Porque si los residentes en Cataluña pueden opinar si quieren una república o no…. ¿a santo de qué no van a poder hacerlo los residentes de Andalucía o de Cantabria?

«¡Oye –me diréis–  pero que el referéndum va de la independencia, no de la república!». No. No va de la independencia. Bueno, sí, la pregunta era esa. Pero no va de eso el asunto. En el fondo fondo no va de eso. En el fondo, va de una parte de la ciudadanía del Estado español, la parte actualmente empadronada en la Comunidad Autónoma de Cataluña, manifestando su opinión sobre qué forma de organización política quiere. Esto es muy loco. Pero mucho. Muchísimo. Es un cambio en las normas del juego.

Chris Mcgrath

Y los que tienen miedo están intubando al personal a la primera de cambio antes de que se ponga feo. Mejor prevenir que curar.

Si la ciudadanía puede, espontáneamente, redefinir (o por lo menos pronunciarse sobre) el modelo de organización política que quiere, ¿quién le impide hacerlo sobre otros ámbitos de la organización social? El pueblo es el titular de la soberanía, como dice nuestra querida Constitución –y otras muchas–, pero no la ejerce mucho. Siempre de manera guiada y canalizada. Todo esto del derecho a decidir, no es sino el pueblo reclamando el ejercer esa soberanía y definir las características de su organización como comunidad política como le venga en gana y cuando le venga en gana, no cuando los pastores del rebaño decidan dejarles escoger.

Los pastores tienen miedo de que las ovejas decidan ellas solas a dónde ir a pastar y dejen sin trabajo a los pastores. De momento, son sólo unas cuantas ovejas decidiendo si se van con otro pastor o no. Pero por algún lado había que empezar a tirar las estacas que forman el corral.

Ya sabéis

 

Si estirem tots ella caurà i molts de temps no pot durar, segur que tomba, tomba, tomba, ben corcada deu ser ja. Si jo l’estiro fort per aquí i tu l’estires fort per allà, segur que tomba, tomba, tomba, i ens podrem alliberar.

 

Foto de portada: Susana Vera (Reuters)

Ana Ideia